La señora Merkel y su prima

Foto montaje: PIX-JOCKEY

Por Carlos ARENAS POSADAS

Empezaremos negando la mayor. A pesar de que las economías se homogeneícen en su funcionamiento, de que las políticas monetarias y fiscales de carácter nacional hayan desaparecido o tiendan a desaparecer en Europa, de que las barreras arancelarias o financieras se hayan esfumado en todo el globo, etc., todavía existen elementos de competitividad, de diferenciación entre países, que explican los niveles de riqueza. Esas diferencias son institucionales, son las formadas por el conjunto de reglas y normas formales e informales, históricamente arraigadas, que son propias a cada nación.

La señora Merkel lo tiene claro, está haciendo a Alemania, supuesta portadora de los valores calvinistas del sacrificio, el ahorro y el trabajo, el país que marque el destino de Europa; en especial de los países del sur, los llamados malévolamente PIGS, donde predominan la fiesta y la siesta. Ese discurso ha calado en el pueblo alemán en el que aún soplan vientos de irredentismo tras dos derrotas militares en sendas guerras mundiales. Todavía tengo presente la conversación con un amigo alemán acerca de la cuantía de la deuda española y de la incoherencia de castigar de esa manera a un país por meros intereses especulativos. Su respuesta fue; los alemanes aún estamos pagando la deuda impuesta tras la primera guerra mundial. Desconozco si es o no es verdad su afirmación; sí es verdad que anida entre muchos alemanes un cierto aire revanchista. Lo que no consiguieron el káiser o Hitler por la vía militar, lo está consiguiendo la Merkel en la batalla de las creencias, de los titulares de los periódicos.

Estamos en un laberinto de incierta salida. Hasta tanto no nos ocupemos de lo esencial –la sostenibilidad del sistema capitalista-, lo que se dirime en estos momentos es la pugna entre distintos modelos del sistema, definidos por los supuestos rasgos institucionales de cada uno de ellos, y remarco lo de “supuesto” porque de la credibilidad de esta convicción –véase lo que dice la prensa alemana o británica de nosotros-, depende el diferencial de financiación entre las distintas economías nacionales, la transferencia de rentas de los países cigarras a los países hormigas.

Dentro del mismo deporte, el del capitalismo neo-liberal, donde se afirma con sospechosa reiteración que mandan “los mercados”, los países cigarras ven crecer ese diferencial, la prima de riesgo, a pesar de que sus gobiernos (usaremos este término convencional) hacen todo lo posible por seguir jugando; es decir, por contentar a los acreedores hormigas ubicados en Frankfurt, Londres o Madrid. Mientras siga habiendo margen para seguir exprimiendo a los pueblos mediterráneos, y mientras la regla del juego siga siendo quitárselo a los pobres para dárselo a los ricos, la prima de riesgo seguirá subiendo; cuando todos los recursos de estos países hayan pasado a los bolsillos de los acreedores foráneos y nativos a tasas escandalosas, pasará lo que le están diciendo ya a los griegos:  ya nos lo hemos cobrado todo; ahora, adiós muy buenas; adiós también a los fondos de cohesión; a partir de ahora, nos resultará más barato ir a vuestras playas y seguir comprando vuestros pueblos,  lo que dejará la duda y una pregunta en el aire ¿por qué no nos fuimos antes de que nos esquilmaran?

 ¿Por qué no rompemos la baraja? Por una sencilla razón; porque la oligarquía española de siempre –véase el caso de la diputada Fabra “que se jodan” heredera de un clan que manda en Castellón desde hace siglo y medio-, está jugando al mismo deporte; a decir que los españoles, amantes de la siesta y de la fiesta, han vivido por encima de sus posibilidades y, por tanto, que todos los sacrificios son pocos para salvar sus negocios bancarios, como antes organizaban pronunciamientos y guerras civil para preservar la propiedad de la tierra.

¿Pero tanta siesta y tanta fiesta hay en España? Por supuesto que sí. Hay fiesta porque es lo que nos queda en la división internacional del trabajo. Los alemanes, en parte con el dinero que le fluye de nuestro creciente endeudamiento, se dedican a competir con los chinos, japoneses o surcoreanos en la industria del automóvil, química y de los bienes industriales intermedios. Los chinos, indios, brasileños, con salarios muchos bajos, son líderes en producciones de menores valores añadidos. Por mucho que nos recortemos salarios y derechos laborales jamás competiremos con ellos o con cualquier otro país o continente mientras quede por explotar mano de obra barata; siempre quedará África. Lo que nos han dejado, es el negocio de la fiesta, pero no sabemos hasta cuándo: la oferta de países festeros se multiplicará a poco que se arreglen los conflictos bélicos periféricos pero, aún más grave, la fiesta como gran industria nacional se acabará si seguimos recortando los ingresos de quienes les sobra algo para sostenerla: los trabajadores fijos, las clases medias, los funcionarios, los jubilados, etc.

Nos queda la siesta. Por definición, la oligarquía  en una sociedad tan polarizada como la nuestra está objetivamente interesada en que el capital, en cualquiera de sus modalidades, no escape a su exclusivo control porque ese control es sinónimo de poder, y los Fabra lo saben desde siempre: es mejor construir catedrales, enjoyar vírgenes o hacer aeropuertos sin aviones, despilfarrar en suma, que repartir el recurso entre los más, porque, además de prestigio social, el despilfarro da el poder necesario para participar en exclusiva de los grandes negocios (ya está anunciada la venta de RENFE). No es que seamos un país de ociosos, lo que ha sido y es deliberadamente ocioso, privilegiado, ha sido nuestro capitalismo.

Y lo peor de todo; cuando Merkel señala a Italia o a España, hay quien en esos países miran al sur. Miran al Mezzogiorno y miran a Andalucía; nosotros somos los verdaderos culpables de ser derrotados en el bonito juego de “los mercados”. Por supuesto,  somos los más sesteros y festivos que ninguna otra región, pero por las causas multiplicadas a la enésima potencia que se han expuesto más arriba. ¿La solución? Ya se ha insinuado o explicitado en anteriores artículos de este blog: ganar la batalla de las instituciones a los merkelianos de fuera y de dentro; pero para ganarla hay que poner la primera piedra con esa revolución que llamé “barata”; hay que acabar con el capital ocioso, hay que empezar poniendo las instituciones al servicio de los pueblos y no, como tradicionalmente, al servicio de los privilegiados.