Debate en la izquierda francesa. y 4

El doble error de la izquierda democrática

Con este artículo cerramos la serie del debate mantenido en Le Monde por dos representantes de la izquierda francesa tras las elecciones presidenciales del 6 de mayo.

Foto: L’áge rouge, por Grégoire Lannoy

Ha hablado usted de alianzas pero ¿cómo explica que entre 1997 y 2002, cuando 11 gobiernos de 15 de la Unión Europea eran de izquierdas, no se haya hecho nada a favor de una Europa social? Incluso al contrario, ya que Europa se dotó en esta época de los tratados de Amsterdam (1997) y de Niza (2001) que han reforzado las bases de la Europa liberal.

 Alain Bergounioux: Fue una decepción por dos razones. Con la llegada del 2000, estábamos en plena influencia de la tercera vía; una parte de la izquierda europea cayó en las garras de un desafortunado compromiso con el liberalismo. Y a continuación se produce otro problema que hace caer en otra contradicción europea, la de la soberanía. Ninguno de los presidentes de gobierno, tampoco el primer ministro francés de izquierdas, Lionel Jospin, quería dar el salto institucional ni quería aceptar una Europa más integrada. Hay que recordar que cuando el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joschka Fischer, propuso intensificar la cooperación en la integración europea, tanto la derecha como la izquierda francesas se quedaron mudas. Esas son las dos contradicciones que explican la gran decepción de esos años. Contradicción ideológica y contradicción de poder. Y todavía lo estamos pagando hoy. ¡Hay que sacar consecuencias! Hay que plantearse el problema más allá de la ideología y de la política: en esa época Jean-Luc Mélenchon era federalista mientras que en 2005 era más jacobino. Hubo también una oscilación en el Partido Socialista (Francés) que no quedó muy clara. Si se quiere avanzar en este aspecto, se debe resolver esta doble dificultad ideológica a la vez que política: ¿Hasta dónde queremos llegar, la izquierda europea, en esa integración?

Jacques Généreux:  Está poniendo el dedo en un momento crucial de la historia de la izquierda en Europa. Lo que pasó en ese momento, lo que ocurrió en parte de la verdadera izquierda (en la que no estaba totalmente lobotomizada por el liberalismo) fue un error grave de apreciación en el estado de avance de ese proceso en la Europa de las conciencias, incluyendo en las élites de izquierda. A veces conforme la historia avanza, hay que volver atrás para comprender lo que acaba de pasar. Desde los años 80 asistimos en casi todo el mundo a la victoria de las políticas conservadoras y neoliberales –Francia se resistía al comienzo de los años 80- con una izquierda apartada del poder hasta el comienzo de los años 90 en los mayores países industrializados (Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Alemania). La derecha llevaba a cabo políticas muy duras percibidas por la opinión pública como aborrecibles y no lo vimos. Por otra parte, a partir de 1996-1997 hubo una nueva oleada rosa, los distintos electorados, que habían probado el thatcherismo y las políticas de Reagan, expulsan a la derecha del poder en numerosos países y dan de nuevo su confianza a los partidos socialdemócratas. Significaba un castigo del giro liberal de los años 80.

Al final de los 90, en el momento en que Lionel Jospin vuelve al poder en Francia, Tony Blair en Londres y Gehrard Schroeder en Alemania, podemos creer que estamos en países dirigidos por fuerzas progresistas en una fase de reconstrucción de una nueva relación de fuerza. El error de diagnóstico fue el de no ver y no comprender que en realidad la transformación psicológica de muchas de las élites del SPD alemán y del New Labour inglés se fundaba sobre la lógica de que los problemas se regulan por la conversión al mercado y al libre comercio. En realidad, se trataba de dos planetas diferentes y no se puede hacer nada con esta gente. El combate no era sólo un simple combate entre la derecha y la izquierda sino también entre dos izquierdas europeas y no se llegaría a ninguna posición común.

Pensábamos que la llegada de la izquierda iba a corregir los errores de las políticas de derecha y especialmente del Tratado de Maastricht. En realidad, es una parte de la izquierda misma la que no quiere esa Europa democrática y social. Ahí es donde se sitúa el error estratégico. En ese momento habría sido necesario entablar una verdadera ruptura frontal con esa izquierda. Cuando Lionel Jospin se dirige a Amsterdam con una lista de condiciones, que eran las del programa francés, no consigue nada y no habría debido firmar el tratado.

El otro error fatal que sigue es el de aceptar la ampliación. Si todavía tenía sentido hablar entre los 15 (viejos países industrializados europeos que habían conocido en su totalidad niveles elevados de vida, de seguridad social y muchas convergencias) se puede empujar a otros a más integración federal y presupuestaria; vale. Pero aceptar la lógica de la ampliación significaba caer en las redes de los neoliberales que sabían muy bien que en una Europa de 27, con toda la Europa del Este que de ninguna manera estaba en la misma fase de desarrollo que nosotros, significaba matar definitivamente el proyecto de una Europa política para favorecer la concepción de una Europa como un gran mercado y zona de libre comercio.

Que la izquierda, incluida la de Francia, haya aceptado esta ampliación en nombre de una cortina de humo y de ilusiones –se habría podido integrar a los países de Europa del Este en otro conjunto, como proponía sin éxito François Mitterrand, puesto que los alemanes no estaban en contra- supuso la condena a muerte de todo proyecto de intensificación democrática, política o social de Europa. La izquierda aceptó esta ampliación, segundo error fatal. Y desde entonces estamos pillados.

Si se continúa en la lógica de la Europa actual, va a estallar por aborrecimiento, por el crecimiento de los populismos de derecha, si no hay un sobresalto. Por eso yo confío en algunos países, especialmente en Francia, puesto que, en calidad de gran país fundador de la Unión Europea, puede romper un poco la baraja para prevenir a los alemanes. Y si no va bien con los alemanes habrá que entenderse con los demás.

¿Hará falta esperar a las elecciones en Alemania en 2013 para cambiar las cosas con Berlín?

Alain Bergounioux: No. En historia no nos podemos permitir nada de eso y hay que utilizar el tiempo de que se dispone. Si en 2013 la situación política es más favorable en el equilibrio de fuerzas, tanto mejor. Pero no se puede esperar a 2013; hay que actuar desde ahora y tomar las decisiones ahora. En historia no se espera.

 ——–

Traducción de Pedro Jiménez Manzorro

Puede leer el artículo original en Le Monde digital