Debate en la izquierda francesa, 2

¿Un estado en solitario puede imponer una ruptura?

Foto: Erminig Gwenn

¿Qué contenido hay que dar a la ruptura? En otras palabras, ¿es posible, a partir de un solo Estado, imponer reformas de envergadura a nivel nacional y europeo? Y si es así, ¿cómo?

Alain Bergounioux: En cuanto a la primera parte de la pregunta, en la lógica de Jacques Généreux, hay un malentendido: la ruptura que él defiende coloca a Francia en un punto muerto. Para asegurar la seguridad de las clases medias y trabajadoras, se debe estar siempre en movimiento. La seguridad no se construye sobre el cierre y el aislamiento. Francia es, sin duda, un país lleno de recursos y riquezas, pero es un país cuya economía tiene problemas, aunque tenga ventajas importantes. Hay que seguir innovando y exportando, ya que sin producción de riqueza no hay formación. No está asegurada la realidad de la protección social. La realidad de la ruptura se produce, por lo tanto, en varios niveles (nacional, europeo, internacional). Ya no estamos en los años setenta, cuando el horizonte del pensamiento era el Estado-nación. Ahora necesitamos aliados. Lo que acabamos de ver en Brasil y en el G20 muestra la inmensa dificultad de este asunto, sobre todo porque estamos en un mundo cambiante donde los intereses divergen de una potencia a otra. Los partidos socialistas tienen, además, una responsabilidad, puesto que han estado en el Gobierno en un periodo reciente y el equilibrio de poder entre capitalismo financiero y políticas democráticas y sociales es desfavorable a la izquierda. ¿Cómo podemos reequilibrar el sistema financiero, reformarlo? Yo no he utilizado la palabra ruptura, porque es una palabra comodín, e incluso una fantasía. Yo prefiero el término alternativa. En diferentes niveles y nunca solo. No debemos simplificar el debate y hay que abordarlo sinceramente, sin regodearse en el término ruptura. Creo que la nostalgia no es una política.

 Jacques Généreux: Tampoco debemos regodearnos en el término alternativa. Cuando hablo de ruptura, hay un contenido muy preciso. No comparto, por supuesto, las expresiones cierre y aislamiento cuando Alain Bergounioux habla del proyecto de Mélenchon. Nos tememos que la obstinación de las políticas de austeridad en Europa lleven a los europeos a aborrecer la Unión Europea. Nosotros luchamos contra esta desintegración de la UE y de la zona euro. Así que no puedo oír, de boca de un gran intelectual, la misma clase de tonterías repetida a lo largo del tiempo por editorialistas ignorantes y cretinos que no leen nuestros programas.

En el fondo, Alain Bergounioux hace hincapié en la clave de la diferencia entre las dos líneas de la izquierda en Europa. Por una parte, para poder cambiar realmente las cosas hacen falta aliados, así que ¿cuáles son los márgenes de maniobra que quedan para un país? ¿Puede llevar él solo una política alternativa? Por otra parte, ¿qué relación tenemos con el proceso de globalización económica y liberal? ¿Regularla o preconizar cambios radicales? Lo mejor para Europa sería que los cambios necesarios hacia el progreso fueran políticas coordinadas a nivel europeo. Pero ahí podemos hablar de dulces sueños, ya que se ve claramente hoy que, cuando un Gobierno —el de François Hollande, por ejemplo— va a decir a los alemanes “quizás habría que considerar una cierta relajación del estatus del Banco Central Europeo”, tropezamos con posiciones radicalmente diferentes. En Europa existen Gobiernos decididos a no cambiar nada del estado actual de los tratados.

Así pues, hay dos estrategias: ¿esperamos aliados para practicar otras políticas, incluso a nivel nacional, o podemos, a nivel nacional, aplicar políticas? Aunque sea preferible llevar a cabo esta tarea entre varios, un país solo puede hacer hoy más o menos lo que quiere en una serie de temas de cara a los mercados, a la especulación financiera. Técnicamente podemos, por ejemplo, tomar medidas contra los productos financieros tóxicos. Así, François Hollande puede decidir, en contra de los tratados europeos, si sus compañeros no quieren hablar del tema, darles un ultimátum: o bien firmáis un protocolo con Francia que le dé —como excepción de los tratados— la posibilidad de establecer disposiciones específicas de protección contra ciertos productos financieros tóxicos, o bien nosotros lo hacemos de manera unilateral. ¡Ahí está la ruptura!

En cuanto a los que dicen que si se toman medidas, los capitales van a huir, es una tontería, ya que desde hace al menos treinta años se ha demostrado que a todo Estado en situación de crisis le ha ido mejor que a los otros. Malasia, a mediados de los noventa, salió de la crisis restaurando el control de sus mercados financieros y de los movimientos de capitales. Los que piensan al contrario no conocen la realidad de los flujos financieros. Sobre el impuesto a las transacciones financieras que acaba de ser retirado de la declaración de la última cumbre del G20 (Los Cabos), François Hollande podría haber dicho: “vamos a hacerlo estéis o no estéis de acuerdo”. Lo que no se sabe es que desde hace veinte años no nos beneficiamos de esta liberalización de las finanzas. El aumento de la rentabilidad financiera de estos capitales y su acumulación están asociados al estancamiento o la regresión de las tasas de inversiones; de modo que, si estos capitales no estuvieran allí, tendríamos probablemente más inversiones, más actividad y más empleo. Tenemos todas las de ganar en un régimen en el cual este libertad no exista para el capital y las empresas se encontrarían mucho mejor.

Lo mismo en el campo de la fiscalidad, podemos actuar sin poner trabas a ningún tratado europeo: ¿por qué aceptar la idea de que antes de aplicar otra política primero hay que hacer recortes en una serie de sectores públicos? Allí donde hay despilfarro, está claro. Pero ¿por qué aceptar esta idea de austeridad presupuestaria que sería necesaria a causa de la crisis en la que estamos? La crisis actual es el resultado de la crisis financiera y de la hemorragia de recursos fiscales de los Estados. Así pues, todos los que dicen, sobre todo los socialistas y los socialdemócratas en Europa, que estamos obligados a considerar una cierta cura de austeridad, se equivocan económicamente y no tienen en cuenta el hecho de que podemos aumentar masivamente el gasto público útil en inversiones en los países europeos sin aumentar el déficit público y la deuda pública, e incluso reduciéndolos. En realidad, es la solución para reducir el déficit público y la deuda pública.

Si tomamos el ejemplo de Francia, tenemos 145.000 millones de euros en gastos fiscales al año por la ley de hacienda 2012. De estos 145.000 millones, al menos dos tercios no tienen utilidad directa (regalos fiscales a las grandes empresas, a los titulares de las rentas más altas, a las rentas financieras, los dividendos). Esto hace un total de unos 100.000 millones que recuperar. Solamente con restablecer el baremo del impuesto sobre la renta de principios de los noventa tendríamos 16.000 millones de euros de recursos fiscales suplementarios por año, sin llegar al 75 % de imposición. Tenemos la lucha contra el fraude fiscal. En Italia, Roma dedica 11.000 funcionarios a este tema y recupera 12.000 millones de euros al año. Cuando Nicolas Sarkozy creó una célula de regularización por un solo banco, HSBC en Suiza, Francia recuperó en un año 1.200 millones de euros. Hay entre 30.000 y 40.000 millones de euros de evasión fiscal recuperable en Francia.

Todo esto lo puede hacer Francia sola, no necesita a Europa, está dentro del ámbito de su soberanía. El Gobierno francés puede recuperar cada año más de 150.000 millones. Y aún puede ir más lejos, respetando los tratados y financiando de otra manera su deuda. En vez de emitir bonos del tesoro en el mercado financiero esperando que la relación entre la oferta y la demanda fije el interés con el cual Francia puede pedir prestado, París puede emitir bonos a interés fijo, por ejemplo al 1 %.  En las condiciones actuales del mercado, los bancos privados no quieren pedir prestado al 1 %, ya que prefieren prestar a Alemania al 1,6 o 1,7 %. Nadie querrá una deuda pública francesa al 1 %, a no ser que haya bancos franceses públicos que sigan una política pública de crédito y no una política de rentabilidad financiera; para ellos sería interesante comprar la deuda pública al 1 %. Si ponemos esto en marcha, recuperamos 30 000 millones de euros al año.

Francia tiene, pues, la capacidad de movilizar muy rápidamente 200.000 millones de euros al año de recursos suplementarios. Si pone solo la mitad en la inversión ecológica, social (PME), tendríamos entre el 3 y el 4 % de crecimiento al cabo de dos o tres años. Y si dedica el resto a la reducción de la deuda pública, tendremos como resultado una reducción del déficit público y de la deuda pública mayor que la prevista en el proyecto de François Hollande, sin ninguna cura de austeridad con inversión masiva, que permitirá el desarrollo de escuelas infantiles, del transporte, de las energías renovables y, como guinda del pastel, la caída de la tasa de endeudamiento de Francia. Es posible y realista para un solo país.

 Alain Bergounioux: Hace falta ponerse previamente en una perspectiva histórica. No siempre podemos reinventarlo todo. Detrás de nosotros está toda la experiencia europea del siglo XX. No existe una política eficaz y generosa sin un equilibrio entre la economía de mercado y la democracia política. Por eso la expresión atacar a la economía de mercado debe ser precisada. Si queremos tener sociedades que, pese a todo, han sido las menos malas del mundo, es porque hemos conseguido construir un equilibrio mercado-democracia y la democracia puede influir en los mercados. En el fondo, si nos preguntáramos qué queda sólido después de decenios de movimiento, es la ciudadanía democrática o republicana en Francia. Tenemos, pues, que colocarnos en la perspectiva de este equilibrio permanente entre mercado y democracia. Hay que trabajar en el equilibrio de lo que había funcionado entre el mercado y el Estado, entre la competitividad y la solidaridad, lo que es evidentemente más difícil desde los años setenta y ochenta. ¿Por qué? Porque la globalización ya no es un hecho natural. Sin embargo, no debemos subestimar las realidades materiales —sigamos siendo un poco marxistas— y tecnológicas. Es una ilusión pensar que podemos escaparnos de la competición en la que obligatoriamente tenemos que quedarnos en movimiento y decir que pertenecemos a ese mundo. Así, las dimensiones internacionales y europeas interfieren con la dimensión nacional.

Estoy de acuerdo en que el Estado-nación puede hacer cosas. Y es una ilusión pensar que la globalización ha barrido a los Estados, con menos medios que antes. Los Estados se enfrentan a limitaciones de medios por un lado y una obligación de volver a las estrategias cooperativas por otro. Francia no es Malasia. Francia pesa en el mundo, al contrario de Malasia. Francia tiene una economía muy imbricada con el resto del mundo. El Estado puede, entonces, hacer cosas, pero soy menos optimista que Jacques Généreux sobre la suma de miles de millones y creo, sin embargo, que el Gobierno necesita encontrar recursos y así está previsto (reforma fiscal, aumento de algunos impuestos, lucha contra el fraude fiscal y reforma estructural, como la separación de bancos de negocios y bancos de crédito, la constitución de un banco nacional de inversiones).

Junto a estas capacidades de actuación, está el hecho —es un punto de separación con Jacques Généreux— de que todo sea negociado lo más posible en Europa. Sobre el impuesto a los productos financieros, que acaba de ser rechazado en el G20, solo podemos avanzar si en Europa tenemos a Francia y a Alemania. Si queremos llevar a Alemania a este punto, será el resultado de un acuerdo global. Avanzaremos sobre el impuesto a los productos financieros si estamos de acuerdo en el tipo de integración presupuestaria y en la mutualización de la deuda y en una convergencia en materia de reformas estructurales. ¡No estamos en el supermercado! Los Estados importantes no pueden actuar unilateralmente. Hoy estamos en negociaciones globales.

Debemos tensar al máximo las relaciones de fuerza, encontrar aliados, construir compromisos, pero compromisos globales. No pienso en absoluto que el Estado francés pueda él solo o con pocos aliados, a la larga, conseguir una política que permita construir una alternativa, ya que creo que, en este momento, estamos en una situación frágil y reversible. Hay sectores que podrían darse la vuelta muy rápidamente. Que la izquierda haya ganado las elecciones no significa que ya no haya ningún contrapoder, que ya no exista la realidad de la opinión francesa, que ya no exista la realidad de las empresas francesas. Nadie puede sobrevivir sin la capacidad de inversión. Por lo tanto, no tenemos necesariamente grandes diferencias con Jacques Généreux. No estamos en desacuerdo sobre la perspectiva general, sobre los grandes objetivos, sobre los equilibrios que hay que establecer, pero nos diferenciamos en la interpretación, en la interacción de lo nacional, lo regional y lo mundial. Así, no es casualidad que yo haya votado al referéndum de 2005 y él no. Sin ilusión. Yo veía bien las contradicciones.

Los valores y la identidad del socialismo democrático no han cambiado realmente. Es un ideal de ciudadanía democrática para poder actuar sobre la economía, pero también sobre la sociedad, sobre el medio ambiente. Pero nos enfrentamos a un periodo nuevo en el que los medios, las herramientas, las alianzas sociales son más frágiles, a causa de la fragmentación de la sociedad. Debemos pensar siempre, cuando hablamos de política económica, que inevitablemente hay realidades sociales. Ya no es entre los elegidos en las urnas y los jefes de las empresas. Hay una sociedad y la situación es cada vez más compleja en cuanto a la cohesión social. Así, vemos bien dónde están nuestros puntos de divergencia y cómo definimos la tarea más allá del socialismo democrático, cómo se plantea el problema de la izquierda europea.

Asumamos por un momento la hipótesis de que Siriza ha ganado en Grecia y ha formado un gobierno. Quiere quedarse en el euro. Estoy de acuerdo con el líder de Siriza cuando dice que hay que dejar de bajar los salarios, pero tendrá que decir dónde encuentra los recursos. El problema no es solamente europeo, es también griego. ¿Y qué hay de la Iglesia, de los armadores? Hay que construir un Estado y no es sencillo. No dudo en absoluto de la sinceridad de los líderes de Siriza acerca de su voluntad de permanecer en Europa, pero cuando no tenemos los medios de su política, se vuelve en sentido contrario, ya que es ilusorio pensar que los alemanes y otros pueblos de la Europa del norte acepten una política sin contrapartidas. Creo que habría sido muy interesante que Siriza hubiese ganado las elecciones. Esto habría sido arriesgado para Europa, pero muy importante, puesto que habríamos visto muy concretamente qué se hace. Creo que Siriza habría estado obligada a socialdemocratizarse.

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Traducido por Antonio Delgado Torrico.

Puede leer el documento original en Le Monde

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