De lo utópico y lo científico

Por Carlos ARENAS

Foto: Berkman, Union Sq., 4/11/14 — I.W.W. Library of Congress.

Desde una perspectiva histórica, lo que se ha vivido en Europa en los últimos treinta años ha sido la victoria definitiva del sistema capitalista en su forma neo liberal sobre otros modelos socio-económicos y  políticos en los que la actividad de crear y distribuir la riqueza estaba regulada por los gobiernos. Primero, desde finales de los ochenta, cayeron las “democracias populares” del este de Europa derrotadas en la guerra fría y víctimas de sus propias nomenclaturas. Más tarde, desde finales del XX y primeros años del XXI, se ha asistido a un deterioro paulatino de los fundamentos del modelo keynesiano del capitalismo, del estado del bienestar, gestionado principalmente desde el poder por los partidos socialdemócratas.


Las principales razones que explican ese deterioro, que se ha hecho mucho más profundo tras la crisis actual, habría que encontrarlas en el proceso de la mundialización del sistema capitalista, en la globalización que “aconseja” practicar estrategias de disminución de costes  y recortes de las prestaciones sociales para hacer competitivas las economías nacionales y garantizar en todo caso los beneficios del capital. Asumiendo la lógica de “los mercados” y de los recortes, los socialdemócratas europeos, especialmente los de los países del sur, se han pegado un tiro no en el pie sino en el cielo de la boca.

En síntesis, se puede decir que, tras el breve paréntesis de las décadas centrales  del siglo XX en la que el capitalismo estuvo más o menos regulado desde la instancia política, la situación actual se asemeja mucho a aquella del siglo XIX, en la que los gobiernos estaban en manos o al servicio de los plutócratas –véase la composición del gobierno español actual y el destino profesional de los que nos gobernaron antes-, los Estados absolutamente empequeñecidos, y los pueblos en el más absoluto de los desamparos políticos, sociales y laborales trabajando, a eso vamos, simplemente por la comida.

¿Qué nos ha devuelto a un siglo y medio atrás? A la vista de la crisis presente, que es la crisis del modelo capitalista ultra-liberal, no creo que a nadie se le ocurra hablar hoy de una mayor eficiencia en el funcionamiento de las economías de libre mercado sobre las economías reguladas. Sólo existe una explicación plausible: las políticas ultra-liberales son impuestas por los plutócratas y sus gobiernos porque tienen el poder para hacerlo. Tienen el suficiente poder para hacer que ellos, los causantes de la presente crisis, sean recompensados mediante una brutal transferencia de rentas de pobres a ricos que deteriora la calidad de vida de la inmensa mayor parte de una  población, que asiste atónita y anestesiada a lo que está ocurriendo.

Las explosiones puntuales de descontento son respondidas, y podrán serlo aún más en el futuro, con  violencia. También son combatidas con el cínico discurso churchilliano de “sangre, sudor y lágrimas”, llamamiento al sacrificio colectivo en unos momentos, dice Sainz de Santamaría, en los que España vive uno de los peores momentos de su historia.

La llamada al sacrificio lanzado desde la filas del PP es cínico e impúdico al menos por tres razones: uno, por esa manía que tienen los señoritos españoles por confundir los males de España con sus propios males, y de reclamar e incluso provocar sacrificios a los españoles, léase guerras civiles, cuando las cosas les van mal, cuando ven amenazados sus privilegios.  Dos, porque se apela exclusivamente al sacrificio de los que menos tienen mientras se mantienen intocables los privilegios de ricachones y eclesiásticos; tres, porque el llamamiento  churchilliano al sacrificio de una generación en plena guerra mundial, fue recompensado por políticas de pleno empleo y estado del bienestar desde los años cincuenta, mientras que tras la petición de sacrificios de la actualidad, nada hace suponer que los plutócratas ofrezcan otras recompensas que  más  sacrificios futuros, bien expresados, por una diputada del PP, con el grito de ¡que se jodan!, cuando Rajoy habla de los parados o cuando éste afirma que  “no prometimos milagros”.

 Y seguirán jodiéndose hasta que los empleados se vendan en el mercado de trabajo por un cacho de pan. Para justificar esta inquietante perspectiva, el presidente de la patronal, Rosell, afirma que las organizaciones obreras no han comprendido que la era del Estado protector ha finalizado y que los trabajadores tienen que adaptarse a una época de desprotección y desregulación generalizada, a la ley de la selva. La desfachatez de Rosell es que ni siquiera contempla la posibilidad de que su reflexión se devuelva por pasiva. ¿En base a qué razón científica, moral, telúrica o cósmica tienen que ser los trabajadores los que han de hacer sacrificios y por qué no es el capital el que pague los vidrios rotos de los desastres que él mismo provoca? La respuesta de Rosell no podría ser más que una: porque tenemos el poder absoluto para que las cosas transcurran tal y como queremos. Es en la lógica del poder, que no en la lógica del mercado, donde reside la continuidad del capitalismo.

La siguiente cuestión es, lógicamente, saber cómo los capitalistas han llegado a tener todo el poder para modelar la historia a su antojo. La respuesta es obvia: porque son poseedores exclusivos del capital mientras los trabajadores dependen para ganarse la vida de las decisiones que aquellos toman.  Podríamos añadir que el poder del capital persiste porque no ha sido suficientemente contrarrestado por otros poderes.

Volvamos al siglo XIX. En aquel siglo, nacieron dos filosofías alternativas al capitalismo; una llamada después “utópica”, que pretendía combatir la propiedad privada, la democracia restringida y el capitalismo, sustituyéndolo por un sistema social en el que la propiedad, la responsabilidad política y el capital fueran colectivos. Lejos de ser una utopía milenarista, aquella filosofía se construía cotidianamente mediante prácticas de capitalización colectiva en forma de mutualidades, cooperativas de producción, consumo o crédito, escuelas laicas, ateneos y universidades populares, sociedades de resistencia bien pertrechadas de recursos no sólo para sostener huelgas sino como gérmenes de nuevas formas de organización social, donde el Estado no jugaba papel alguno. Lo que se trataba era de capitalizar física,  humana y socialmente las organizaciones de los trabajadores, dotarlas de competencias de micro-estado.

La otra filosofía parecía más acompasada al transcurso de una época de desarrollo imparable de los mercados y de las fuerzas productivas, de creciente proletarización de la población. En un contexto en el que las clases populares perdían aceleradamente su capital (pequeñas propiedades, saberes, medios de producción, etc.) parecía “científico” hacer de la conquista del Estado, el imponente instrumento de la clase burguesa, la estrategia más adecuada para derrotar al capitalismo. El Estado en manos de la clase obrera (la vía comunista) o gestionado por ella (la vía socialdemócrata) tenían varios rasgos en común: el capital sería ajeno al control directo de los trabajadores, la gestión del mismo quedaría en manos de los representantes políticos –con el consiguiente y conocido peligro de que los políticos se conviertan en agentes libres al margen de su compromiso con los votantes-; las conquistas sociales llegarían no de las propias iniciativas sino, en última instancia, del Estado.

A la altura del siglo XXI en la que estamos, cabe dudar acerca de cuál de estas dos estrategias revolucionarias sea la utópica y la científica. De lo que no tengo duda es de que, descapitalizadas las clases trabajadoras, a punto de joderse como reclama la diputada del PP, reducido el Estado a la mínima expresión, los llamamientos a la benevolencia de los plutócratas en el poder para que moderen sus políticas de recortes son bastante patéticos, porque los plutócratas, como dice Rajoy “no tenemos nada de qué avergonzarnos”.

Frente al actual cúmulo de cinismo, desfachatez y crueldad, no estaría de más desempolvar las viejas filosofías anticapitalistas del XIX. Una sería la cambiar las cosas desde abajo, desde la cotidianeidad. Hoy resulta más difícil capitalizar a los trabajadores y a sus organizaciones, pero hay que intentarlo. De hecho, mucha gente lo está haciendo espontáneamente estableciendo redes y sistemas de ayuda al margen del beneficio privado. La otra sería la perspectiva global. Habría que abandonar de una vez la lógica de “los mercados”, de la competitividad y de los recortes que imponen las empresas, para volver a plantearse la mayor, que es el debate acerca de la necesidad del capitalismo y de su transformación. ¿Cuál de las dos vías es hoy la correcta? Las dos. De hecho, no veo el éxito de una sin la otra. El objetivo último que es el de arrebatar el poder a los plutócratas no se consigue sin una gimnasia previa o paralela de democracia real, capitalización y compromiso colectivos.