Ciudades y crisis del estado de bienestar

Por Guy BURGEL

Foto: saigneurdeguerre. Flickr

Después de tres cuartos de siglo de divergencia en el caso de Rusia, y de casi cinco décadas en la Europa central, este y oeste del continente se vuelven a unir en un destino político y social común. Paradójicamente, al mismo tiempo se puede plantear la cuestión de la supervivencia de la identidad social de la ciudad europea. La respuesta no es fácil ni unívoca. Durante mucho tiempo, en Europa occidental la unidad global del poblamiento urbano, la existencia histórica de un Estado providencia fuerte y omnipresente, el mantenimiento de un crecimiento elevado han proporcionado constantemente una cohesión interna que trascendía a las divisiones de clases y de espacios, e incluso los aportes necesarios de trabajadores extranjeros: una sociedad diversa, pero fundamentalmente unida por unos objetivos idénticos, de democracia, felicidad y bienestar. Por otra parte, son estos mismos ideales, su inaccesibilidad en la Europa comunista, y la esperanza de realizarlos, los que hicieron cambiar la situación en el este. Las ilusiones de la reunificación ideológica duraron poco en las ciudades europeas: fluctuaciones de la economía, incremento de las desigualdades, ascenso de la violencia y de la inseguridad acompañan con un mismo movimiento las transformaciones de las formas de vida, el progreso del consumo material y cultural y las inno­vaciones y creatividades de sociedades. En el momento en que todas las referencias y los valores parecen socavados, la Europa política se amplía y, tras una etapa de cierre, las perspectivas demográficas del continente y las presiones exteriores pueden dejar entrever legítimamente nuevos flujos migratorios hacia las grandes zonas urbanizadas. Aquí y allá vienen prece­didos por la masa de los clandestinos, que son perseguidos, tolerados y fi­nalmente buscados. Ante todas estas incertidumbres, independientemente de las diferencias históricas en la concepción de la nación, entre Francia y Alemania, por ejemplo, subsiste una pregunta: ¿sabrá la ciudad europea continuar siendo un integrador de poblaciones y culturas?

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EL FRACASO DEL WELFARE STATE

Este pesimismo está basado, sin duda alguna, en la regresión en Europa de los sistemas de asistencia, acerca de la cual se coincide unánimemente. Clásicamente, se podía distinguir tres modelos heredados de tradiciones políticas diferentes, pero cuya eficacia era sensiblemente igual (Benassi, Ghezzi y Mingione, 1997). El modelo liberal, por ejemplo el de Estados Unidos, en Europa está representado, sobre todo, por el Reino Unido: el mercado efectúa la regulación y realiza la integración de los diferentes miembros y grupos de la sociedad. Por el contrario, el modelo socialdemo-crático, característico de los países escandinavos, exige al Estado que ga­rantice la asistencia a personas en dificultades por motivo de edad, minus-valía o situación económica. Por último, en los grandes países continentales de Europa (Alemania, Francia, Italia o España) se ha establecido un sistema intermedio, con una variante estatista (Francia) que exige más esfuerzos a las familias (sur de Europa). Indudablemente, el modelo socialdemócrata es más equitativo para los más débiles (personas mayores o en paro), a costa de unos tributos obligatorios, sobre todo fiscales, muy elevados. Pero el equilibrio global no es tan evidente: después de los desplazamientos, las proporciones de las poblaciones que se hallan por debajo de los umbrales de pobreza no son muy diferentes entre el Reino Unido y Francia o Alema­nia, con una ligera ventaja de los países escandinavos. En realidad, las grandes familias ideológicas de Europa pertenecen más bien a la historia que a la racionalidad económica.

A lo largo de las dos últimas décadas, la novedad radica en la crisis, o incluso en el fracaso, de los diferentes sistemas. El modelo socialdemócrata, aunque puede parecer el mejor adaptado a las situaciones de precariedad y de exclusión urbana que aparecen cuando el mercado laboral está saturado y las solidaridades familiares han retrocedido, no ha resistido al estancamiento del crecimiento y a la crisis de recursos fiscales del Estado. En este caso es preciso elevar los índices tributarios de las capas medias, con el riesgo consiguiente de poner en peligro unas mayorías políticas que se creían inamovibles. Los otros dos enfoques son igualmente incapaces de frenar el ascenso de las marginaciones. En Alemania, el paro estructural en las ciudades del norte, en reconversión, los costes derivados de la reunificación en el Este han debilitado el sistema de subvenciones universal (Lebensage), sin llegar a resolver realmente las crecientes desigualdades sociales y espaciales. En Francia, el alcance innovador del subsidio mínimo de inserción (RMI, sigla en francés) instaurado en el 1988 en gran parte es absorbido por el impresionante incremento de beneficiarios en las grandes aglomeraciones, lo cual no ha impedido una agrupación segregativa en los barrios difíciles. Pero lo más preocupante, sin duda, es el paralelismo en la ineficacia de los sistemas de asistencia más opuestos del continente: el británico y el mediterráneo. En la Gran Bretaña, a medida que el mercado mostraba la incapacidad bien conocida por inducir un desarrollo equilibrado, el Estado thatcheriano reducía las políticas de ayudas, lo cual ha conducido en las aglomeraciones industriales siniestradas a verdaderos ciclos de reproducción de la pobreza: el padre de lamilla en paro de larga duración transmite la miseria a sus hijos, Al mismo tiempo, las demás capas de la población son poco propensas a aumentar su esfuerzo de solidaridad. El resultado es rigurosamente idéntico, pero con procesos inversos en las sociedades urbanas de Italia o Esparta (Lois Gonzá­lez, 1998), El peso de los jóvenes adultos, desocupados por no haberse podi­do introducir en el mercado de trabajo y en el circuito norma) del matrimonio y la vivienda, desequilibra la tradición de la asistencia familiar, repartiéndo­se solo en el salario del padre, normalmente poco cualificado, la carga de un núcleo familiar amplio, Liverpool y Nápoles se suman a la espiral de la po­breza: no hay trabajo, y los servicios de sanidad y educación fracasan. En las ciudades de la Europa del Este la retirada del Estado no ha sido compensada ni por el vigor del mercado ni por las tradiciones de solidaridad familiar. En todas partes, los pobres acaparan el infortunio, cuando durante más de dos siglos la ciudad europea había sido sinónimo de crecimiento integrador.

Lejos de dar pie a una concienciación política profunda, estos trastornos comportan, de forma general en Europa, unas reacciones nacionalistas que suponen para la patria lo que el comunitarismo para la integración social. En el cambio de milenio, Austria, Italia y los Países Bajos han sido víctimas, sucesivamente, de los mismos encadenamientos que socavan las institucio­nes democráticas en las consultas electorales: abstenciones masivas y escep­ticismo ante la impotencia de los gobernantes anteriores para superar crisis económicas y sociales, ascenso del extremismo de derecha, que en las ciu­dades atiza el miedo al extranjero y a la integración europea. En Francia, quince años de ascenso del Frente Nacional pusieron de relieve «la gran especialidad» de estos hedores viscerales de la sociedad (Grésillon, en Pumaín y Mattei, 1998). Voto urbano, como el de la extrema derecha francesa, que clásicamente enfrenta la Francia del este y la del oeste, voto de las ciudades en crisis (Firminy, Saint Chamond, Maubeuge y ciudades de la cuenca del Sambre) y, sobre todo, voto de los «confines fríos» de las aglomeraciones, más el de las «zonas suburbanas calientes». En Burdeos, Toulouse, Montpellier o Grenoble, los lindes pertúrbanos más que los barrios de exclusión dan apoyo al Frente Nacional —ciudades dormitorio, familias modestas y obreros de origen rural temerosos del gran conjunto de viviendas, de las aper­turas al mundo y de las culturas distintas: «Como su estatus social y econó­mico les sitúa más bien al margen, únicamente el criterio nacional es adecua­do para hacer que parezcan verdaderamente integrados» (Grésillon, en Pumain y Mattei, 1998), Las metástasis de la exclusión, ¿tal vez sean más peligrosas que el cáncer que roe las sociedades europeas?

La pregunta suscita todavía más temor porque los Estados ya no tienen los medios, y quizás tampoco la voluntad, de mantener los marcos indispen­sables para el crisol tradicional de la amalgama. En este sentido, el fracaso de los sistemas escolares en la mayoría de países es preocupante. La economía se ha mostrado incapaz de servir de relevo a esta retirada del poder político, salvo para acelerar unos cambios que, desde las agrupaciones financieras hasta las innovaciones tecnológicas, siguen ahondando las diferencias entre capas y territorios urbanos. De forma paradójica, y contrariamente a la opi­nión común, la ciudad europea aparece más amenazada en sus cimientos sociales que en sus marcos materiales. El impulso salvador no puede proce­der más que del político o del ciudadano.

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Texto extraído con autorización del editor, correspondiente al capítulo 5 “Sociedades urbanas entre el carácter mixto y la exclusión” del libro Historia de la Europa urbana VI. La ciudad contemporánea, Jean-Luc Pinol, director. PUV Universitat de Valencia.

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