De una vez por todas

Por Carlos ARENAS

De las falacias que adornan la “ciencia” económica convencional , quizás la más estridente de todas sea aquella que considera que las decisiones tomadas por los agentes económicos, empresarios, inversores, etc., son perfectamente racionales en todo tiempo y lugar. No sólo no es así, sino que, por el contrario, la ceguera parcial o total (de la que se dio cuenta Saramago en su ensayo), la desinformación, la fuerza bruta, la ambición desmedida o el pánico, como tantas otras manifestaciones de la irracionalidad, han presidido la historia de los hechos económicos desde que el capitalismo existe.

Aún más; a partir de los años ochenta, derrotadas las fuerzas que proponían una manera regulada de entender el capitalismo,  se ha otorgado a esa irracionalidad patente de corso, que no es otra cosa que la conocida economía de la oferta, y la sumisión abyecta hacia los  “mercados”.  Desde que el capital financiero tomó el timón del barco capitalista, el casino en el que se ha convertido la economía mundial ha alcanzado tal extremo de imprevisión que, más que arriesgada –como presumía Beck-, la existencia se ha convertido en un manicomio;  un manicomio que sirve para varias cuestiones fundamentales: para que los menos locos de los parqués ganen ingentes sumas a costa de la ruina (y de la ruindad) de la manada de pequeños y medianos capitalistas populares a los que conducen a su antojo; y, sobre todo, para recordar y consolidar la “superioridad” del capital sobre el factor trabajo, condenado en última instancia a pagar por la vía de las reformas laborales, el desempleo, los recortes de los derechos sociales, la involución política, etc.,  los platos rotos de la irracionalidad financiera.

Esto que ocurre ahora no es nuevo, ni son nuevas las razones que lo explican. Salgamos por un momento del cortoplacismo que nos invade, y veamos en el siguiente gráfico que refleja la evolución del índice bursátil S&P 500 entre 1870 y 2012, este juego secular de irracionalidades y daños colaterales.

Lo que quiero decir con el gráfico es que tanto los mercados alcistas (bull) como los  mercados a la baja (bear) en el muy largo plazo, son manifestaciones de comportamientos irracionales de los inversores. Los momentos alcistas que dan lugar a burbujas financieras son los de la ambición desmedida invertida en negocios de imprevisibles resultados. Incluso en estos momentos de “bonanza”, los daños colaterales de la irracionalidad son evidentes  -migraciones, inflación, nueva organización de la producción, segmentación del mercado de trabajo, etc.-. Durante las depresiones, cuando se pincha la burbuja y se descubre la farsa, los daños son aún más graves: guerras mundiales o civiles en los que se mata estúpidamente las gentes por sus respectivas patrias; fascismos o, como ocurre hoy, desempleo masivo y miedo ante el futuro que permiten una vuelta a modelos de relaciones sociales y laborales de semi-esclavitud.

Como se observa en el gráfico, las flechas que marcan la tendencia de las distintas crisis son cada vez más profundas, y lo son a medida que el capitalismo ha madurado, globalizado y el sector financiero  está cada vez más presente en los negocios.  Visto lo cual, nos preguntamos cómo de profunda será la próxima crisis si logramos salir de la presente.

La “ciencia” económica convencional no tiene respuestas a esta pregunta; y no la tiene porque le faltan elementos de análisis en el laboratorio de sus ideas; porque, creyéndose como la física o la química,  dan por válidos, universales e inobjetables los principios de una disciplina que, si nació como ética para asegurar el bienestar de los pueblos, hoy ha renunciado a la ética para alimentar la irracionalidad de los agentes económicos. (Repásese un viejo artículo de Jose Luis Sampedro con el título de “el reloj, el gato y Madagascar” donde ridiculizaba la tentación de analizar situaciones complejas con instrumentos de atelier)

Concluyendo, no será con parches o rescates de bancos como saldremos de la crisis; con ello no se hará más que echar madera a la irracionalidad. Se necesita, principalmente, una transformación política, moral, que cohíba la irracionalidad irresponsable de los dueños del capital. No será hasta que todos tengamos claro que el capricho de unos pocos genera daño en los más, y que actuemos en consecuencia para evitarlo, que estaremos libres de las angustias presentes y futuras.