El futuro entre mercado y naciones-estado

Por Zygmunt BAUMAN

Zygmunt Bauman. Foto UOC_Universitat

Si el debate sobre el modelo de una sociedad justa ha perdido mucho de su fervor y de su impulso, se debe principalmente a la falta de un sujeto creíble capaz de actuar con la voluntad y la capacidad necesarias para llevar a cabo ese proyecto. Todo viene del divorcio cada vez más evidente entre el poder -el poder para llevar a la práctica un proyecto- y la política -la capacidad de decidir qué hacer o no hacer. Como resultado de la globalización, estas dos facultades, unidas durante varios siglos en el Estado-nación, tienen hoy día dos ubicaciones diferentes: para utilizar los términos de Manuel Castells, el “espacio de flujos” y el espacio de “lugares”. El poder ha transmigrado en gran medida del Estado-nación a un espacio transnacional global.

En cambio, la política es aún hoy local, relegada a los confines  de la soberanía territorial de los Estados. Nos encontramos frente a dos tipos de poder: por un lado, el primero, libre y fluctuante, fuera de cualquier orientación o supervisión política, y por otro, el de los organismos políticos, limitados y ligados al territorio, mortificados además por un déficit permanente de poder. Los primeros, los “grandes poderes” tienen, como sospechamos, sus buenas razones para no estar interesados ni dispuestos a reformar el statu quo. Mientras que los segundos serían incapaces de emprender y menos aún de llevar a buen término una reforma por más deseada que esta fuese.

Ninguno de los organismos políticos existentes, heredados del pasado y creados en su origen para el servicio de una sociedad integrada en el Estado-nación, tendría la capacidad y los recursos necesarios para afrontar una tarea de tan gran alcance y gravedad. En muchos países, incluso en los mejor dotados, los ciudadanos están expuestos diariamente al poco edificante espectáculo de gobiernos que miran a los mercados pidiendo su permiso para hacer lo que quieren. Cuando se trata de negociar en el límite entre lo que es realista y lo que no, hoy son “los mercados” los que han usurpado (no sin la connivencia y quizás con el apoyo tácito o explícito de gobiernos ineptos e incapaces) el derecho a la primera y a la última palabra. Pero el término “mercados” acoge un mosaico de fuerzas anónimas, sin rostro ni dirección, que nunca nadie ha elegido ni delegado para llamarnos al orden o para impedirnos arreglar  problemas. Y que nadie es capaz de forzar, controlar y conducir.

A nivel popular se está extendiendo la impresión, por otra parte fundada y cada vez más compartida por los expertos, de que hoy tanto los gobiernos como los parlamentos elegidos son incapaces de hacer bien su trabajo. Y ni siquiera los partidos políticos tradicionales parecen estar a la altura: es bien conocida su tendencia a dejar de lado cualquier poética  promesa en cuanto sus líderes entran en las oficinas ministeriales y se topan con la prosaica realidad de las evanescentes pero aplastantes fuerzas del mercado y de las bolsas de valores. De ahí la crisis de confianza, que cada vez es más profunda. La era de la fe en las instituciones de los Estados-nación está dejando paso a una era de descrédito de esas mismas instituciones, ya privadas de fe en sí mismas, y de escepticismo de los ciudadanos, que ya no creen en la capacidad de acción de los gobiernos. La ONU, una institución surgida como reacción a la guerra desatada por la agresión de algunos Estados-nación soberanos contra la soberanía de otros Estados-nación, es la institución que más se aproxima a la idea de una organización política global. El compromiso de defender a ultranza, con uñas y dientes, los principios del Tratado de Westfalia del que nacieron los Estados-nación está escrito en la Carta de las Naciones Unidas. El tipo de política “internacional” (léase: interestatal, intergubernamental, interministerial) que está obligada a llevar adelante, la única que  la ONU está  autorizada a promover y practicar, no nos permite dar ningún  paso adelante en el camino de una verdadera política global; por el  contrario, constituitiría un gran obstáculo si alguna vez se decidiese avanzar por este camino.

Veamos ahora la situación del euro: el absurdo de una moneda común apoyada por diecisiete ministros de finanzas, cada uno de los cuales está obligado, por otra parte, a  representar  y a defender los derechos soberanos de su país. El euro está condenado a quedar expuesto a los acontecimientos fluctuantes de las políticas locales, a su vez sometidas a las presiones derivadas de dos fuentes distintas, heterogéneas, descoordinadas y por lo tanto muy difíciles de conciliar (el electorado de las fronteras nacionales, y las instituciones supranacionales europeas, con mucha frecuencia condicionadas a actuar de manera contradictoria): y esta es sólo una de las muchas manifestaciones de un doble vínculo, paralizante como un tornillo de banco: por un lado el fantasma del Tratado de Westfalia con su principio de soberanía de los Estados, por otro lado la realidad de la dependencia a nivel global,  o incluso supranacional.

Para decirlo en dos palabras: todavía no tenemos el equivalente, el homólogo global de las instituciones inventadas, diseñadas y puestas en práctica por nuestros abuelos y bisabuelos  a nivel territorial del Estado-nación, para sellar el matrimonio entre poder y política: instituciones creadas para servir de cohesión y coordinación de las opiniones e intereses difusos y asegurar su adecuada representación, reflejada en una legislación vinculante para todos. Queda sólo por considerar si este desafío se podrá  asumir, si esta tarea podrá ser encarada por las instituciones políticas existentes, creadas después de todo para un nivel muy diferente de la integración humana –el del Estado-nación-  a fin de protegerlo de cualquier posible intrusión “desde arriba”. Todo comenzó -hay que recordarlo-  con los poderes  monárquicos de la Europa cristiana, en lucha contra la pretensión de los papas de controlar sus territorios…

Durante algunos siglos, esta estructura heredada estaba en relativa armonía con las realidades de la época: una época en la que el poder y la política estaban recíprocamente ligados en los nacientes Estados- nación; el tiempo de la Nationalökonomie (economía nacional) y de la Razón identificada con la raison d ‘ état.

Hoy todo esto ha cambiado. A partir de ahora nuestra interdependencia es global, mientras que nuestras herramientas de expresión de la voluntad y la acción colectiva siguen siendo locales y se oponen obstinadamente a cualquier ampliación, restricción o interferencia. La brecha entre el alcance de la interdependencia y la esfera de las instituciones responsables es ya un abismo, que cada día  se hace más profundo y más ancho. En mi opinión, la superación de este abismo es el gran desafío, el meta-challenge de nuestro tiempo. Esta debería ser la primera preocupación para los ciudadanos del siglo XXI. Si este reto se encara adecuadamente, se podrán afrontar también los consecuentes problemas, menores pero ineludibles, con la necesaria eficacia y seriedad.

Sociólogo polaco, Zygmunt Bauman es uno de los grandes pensadores europeos de la actualidad. Residente en Inglaterra, Bauman ejerce la docencia en la Universidad de Leeds y su trabajo ensayístico abarca numerosos temas, entre los que habría que destacar su personal tratamiento del enfrentamiento entre modernidad y postmodernidad, así como su obra dedicada a los movimientos obreros o la globalización. Ganador del Príncipe de Asturias en 2010 junto con Alain Touraine.
 
Artículo publicado en La Repubblica, el 8 de junio de 2012
Traducción del italiano por Javier Aristu