Continuidad de los mitos griegos

Carta abierta de Maria Negreponti-Delivani a la señora Christine Lagarde, secretaria general del FMI (en relación con su afirmación de que “los griegos no pagan impuestos”) 

Simon Dawson/Bloomberg

A pesar de sus grandes aires extremadamente ofensivos contra Grecia y los griegos, tan duramente puestos a prueba y a quienes usted reprocha no “pagar sus impuestos”, lo que explica su antipatía hacia ellos, al declararse más conmovida por “los niños de Nigeria” que por los niños griegos, quiero creer, señora Lagarde, que está usted mal informada. Y quiero creerlo, porque desde hace tiempo mantengo estrechas relaciones con Francia, sus universidades y mis numerosos colegas economistas; porque siento una profunda estima y una verdadera admiración por el pueblo francés, por su historia y su cultura.

Por todas estas razones, necesito encontrar una explicación a lo que le ha hecho olvidar, si tenemos en cuenta su posición, que usted se dirige a un miembro de pleno derecho de la Unión Europea y de la zona euro. Me permito también agregar que el apoyo moral dado día tras día a Grecia por parte de intelectuales franceses, escritores, estudiantes, analistas y numerosos medios de comunicación, así como las severas críticas a sus declaraciones por parte del Gobierno francés, constituyen para nosotros un atisbo de esperanza y una ayuda preciosa frente al genocidio económico y social que sufrimos en estos últimos dos años y medio.

Voy, por tanto, a tratar, de economista a economista, de presentarle algunos elementos que demuestran que sus afirmaciones son infundadas y que los griegos no solo pagan impuestos, sino que estos son excesivamente pesados y mal repartidos.

  1. Sobre el fraude fiscal.

El fraude fiscal constituye un fenómeno mundial y no es de ninguna manera el monopolio de Grecia, pero no se puede negar que está más desarrollado aquí que en otros países, igual que  la economía sumergida —en comparación con la media Europea—. Sin embargo, si no tuviese usted tanta antipatía —cito sus palabras— contra los griegos, podría ver fácilmente que este importante fraude fiscal no es debido a los “griegos corruptos” y que no es posible erradicarlo con los procedimientos inhumanos y absolutamente ineficaces que la Troika  impone a Grecia.

Dirigiéndome a la eminente economista que usted es, no creo que sea necesario recordarle la importancia primordial, en relación al problema de la evasión de impuestos, de la particularidad estructural griega. Le remito a los datos estadísticos oficiales, que indican que  Grecia tiene un porcentaje de trabajadores autónomos dos veces y media mayor que la media de la EU-27 (40,7 % frente al 16,6 % del empleo total). Fíjese cómo esto explica la modesta tasa de ingresos fiscales en el PIB de Grecia (por ejemplo, en 2000 era del 34,6 % frente al 40,4 % en la EU-27). Tenga en cuenta también que, a pesar de la baja tasa de ingresos fiscales, la contribución fiscal de los empleados y jubilados griegos es particularmente pesada. De hecho, esta contribución es casi dos veces mayor que la de los salarios y pensiones en el  PIB, mientras que la contribución de los autónomos a la carga impositiva total es netamente inferior a la de sus ingresos en el PIB. Y esto es así porque el fraude en Grecia se debe, en una gran parte, a la particular estructura del empleo, por lo que sostengo desde hace tiempo que a pesar de las desventajas de este sistema, a Grecia le convendría adoptar el impuesto por el consumo, como ha planteado Nicholas Kaldor, asociándolo naturalmente a un esfuerzo por incorporar elementos de progresividad fiscal. El fraude fiscal es innegablemente un gran problema para Grecia. No es posible, sin embargo, combatirlo con reformas sumarias, espasmódicas y, sobre todo, tan injustas como las adoptadas sistemáticamente por la Troika. Usted no ignora que estas reformas, destinadas al empobrecimiento de los empleados y jubilados, han llevado a una fuerte caída —y no al aumento, como se esperaba ingenuamente— de los ingresos fiscales en 2011 y 2012. Esto implica, estimada señora Lagarde, que su antipatía hacia los griegos requiere otra explicación distinta a la de denunciar “los esfuerzos de los griegos  por no pagar sus impuestos”.

En lo que respecta a su compasión por los niños de Nigeria, la comparto absolutamente. Por ello me hubiera gustado, viniendo de usted, que hubiera puesto más cuidado para convencer a las economías ricas de todo el mundo a aumentar la inaceptablemente modesta ayuda a los países del tercer mundo. Sinceramente, también tengo dificultades para entender cómo la subordinación de un pequeño país europeo —en este caso Grecia—, cuyas condiciones de vida son similares a los del tercer mundo, podría ayudar a los niños de Nigeria. Porque es imposible que no haya notado a dónde ha llegado Grecia, después de los golpes asestados por los memorandos y los acuerdos de préstamo de la Troika. Por quinto año consecutivo, en efecto, Grecia conoce una profunda recesión que ha reducido casi el 24 % su PIB, el desempleo se eleva al 22 %, al 52 % entre los jóvenes, siete jóvenes de cada diez quieren dejar el país, sueldos y pensiones han disminuido un 30 %, la pobreza afecta hoy en día al 40 % de la población, una empresa cada tres está en quiebra, los inquilinos de tiendas y apartamentos se muestran incapaces de pagar sus alquileres, el estado del bienestar se ha derrumbado y las personas gravemente enfermas no tienen ya acceso a tratamiento, la delincuencia ha aumentado bruscamente, el número de suicidios directamente relacionados con la crisis se ha disparado, los sin techo invaden cada noche las aceras de las principales ciudades, cada vez más vemos a gente buscando en los cubos de basura algo que comer y a veces en las escuelas los niños se desmayan por el hambre. Por lo tanto, tengo derecho a saber si es por esta Europa por la que yo lucho desde mis años de estudiante.

  1. La continuidad de los mitos griegos.

Sus palabras sobre los niños de Nigeria y los griegos, señora Lagarde, no solo son irreflexivas, sino que suscitan aún más dudas completamente justificadas acerca de las intenciones del FMI, a cuya cabeza está usted, y  de los representantes de la Troika. La cuestión es saber si, paralelamente al deseo evidente del castigo ejemplar de Grecia, se prevé un margen para su rescate pero también para que salga de la crisis. Tal duda habría que rechazarla a priori —eso espero en todo caso— por simplista o demasiado maliciosa, pero es evidente que, en el caso de Grecia, esta duda está, desgraciadamente, bien fundada. Porque —aparte de la triste historia del FMI, conocido por el desastre que acostumbra dejar tras su paso— Grecia debe, además, contar con reformas ordenadas por la Troika que parten de un diagnóstico completamente erróneo acerca de los problemas económicos reales, cuyas dramáticas consecuencias eran previsibles, antes incluso de su aplicación. Excepto el mito de que los “griegos no pagan sus impuestos” porque son claramente más corruptos que otros pueblos, los programas de Troika también se basan en la idea completamente falsa de un sector público sobredimensionado. Esta idea totalmente gratuita es la base de las reformas impuestas a Grecia. Esta versión debería haber sido rechazada desde el principio, puesto que, como ya se ha señalado, el país tiene una tasa muy alta de trabajadores autónomos en relación con el empleo total y una tasa muy baja de ingresos fiscales en comparación con la media europea.

Más allá de esta constatación general, en cualquier caso, hay datos estadísticos irrefutables (de la OCDE), que indican que el número de funcionarios griegos, como porcentaje del empleo total, está situado exactamente en la media europea y, lo que es más importante, en el tramo inferior. Estaría de acuerdo con usted si afirmara que el sector público griego es ineficiente y debe mejorarse, a pesar de que hay estudios que consideran el nivel medio de formación de los funcionarios bastante satisfactorio. Sin embargo, yo no puedo entender cómo la hecatombe de despidos de funcionarios —de 150 000 a 200 000— decidido por la Troika hará más eficaz al sector público. En cuanto al grado de corrupción del sector público griego, las permanentes informaciones sobre fenómenos de corrupción de gran envergadura no me inclinan a pensar que Grecia esté en cabeza en este asunto. Al contrario, tengo tendencia a creer que mi país está en la proa de todo tipo de acusaciones gratuitas, injustas e insultantes y, como no son a priori rechazadas —al menos hasta el presente—, se han rebasado todos los límites y todo está permitido.

Otro mito, sobre el que se ha apoyado el pogromo lanzado por la Troika contra los trabajadores griegos, es “la pereza”, a pesar de los datos oficiales que muestran exactamente lo contrario: a saber, los griegos trabajan de media más que el conjunto europeo (38,5 horas por semana frente a 35). Pero la piedra angular de la política de la Troika, es decir, la reforma de la devaluación interior, aplicada de manera brutal en Grecia desde hace dos años y medio, no tenía desde sus inicios ninguna posibilidad de éxito. Esta política, cuyo fracaso es absoluto, parte del principio de que la bajada del coste de producción —es decir, de los salarios— favorece las exportaciones y que gracias al aumento de las mismas el país podría salir de la crisis. Ahora bien, las exportaciones solo representan el 24 % del PIB griego y es completamente estrambótico imaginar que sea posible un aumento de las exportaciones capaz de resolver los problemas del país, sobre todo cuando una parte importante del aparato productivo se ha debilitado en gran manera. Añadamos que casi la mitad de las exportaciones griegas se ve sometida a la competencia de productos ofrecidos también por países emergentes donde los salarios son tan bajos que no podemos pensar en adoptarlos un día en Europa. Es verdad que se ha observado un apreciable aumento de las exportaciones griegas, al parecer debido a la bajada del consumo interior, lo que ha hecho cantar victoria a los defensores de la Troika. Sin embargo, ya se nota una caída de las exportaciones griegas.

¿Es oportuno repetir que una política que parte de un diagnóstico erróneo de los problemas con la intención de arreglarlos está condenada al fracaso? Esto es lo que está a punto de producirse: la economía griega, a pesar de los sangrientos sacrificios a los que se ha llevado a su pueblo, va de mal en peor. ¡La tasa de su deuda en relación con el PIB era del 115 % en 2009 y se prevé que se elevará al 132 % en 2020! Excepto que, para entonces, si el régimen “memorandista” continúa, Grecia ya no existirá, puesto que habrá malvendido la totalidad de su riqueza pública en nombre de “su  valorización”, a un precio que desafía cualquier competencia.

El callejón sin salida al que la Troika ha llevado a la deuda griega es ya reconocido e indiscutible en todo el mundo, tanto por los economistas serios como por la prensa económica. Sin embargo, la Troika se obstina en no ver nada y en no entender nada, y sus representantes continúan repitiendo los estereotipos como “Grecia debe aplicar los memorandos al pie de la letra”. Pero esto no es todo, ya que en vísperas de las elecciones la presión es enorme y cada día pesa la amenaza bajo la forma del dilema “el memorándum o la vuelta al dracma”. No obstante, tengo la impresión de que se trata de un falso dilema ya que son precisamente fuerzas exteriores a Grecia las que elegirán por nosotros.

En efecto, señora Lagarde, los cimientos de la Comunidad Europea y de la zona euro están fuertemente sacudidos, con España que acaba de someterse a una especie de tutela —naturalmente mucho más ligera que la de Grecia y, a pesar de su situación mucho más grave, tal vez porque tiene la posibilidad de no estar sujeta a su antipatía— e Italia que la sigue, pero también Francia que no está tampoco muy lejos… Por eso, querida señora Lagarde, espero que usted sea consciente de que en Grecia ahora es cuestión de vida o muerte la descodificación de los parámetros y de las implicaciones del dilema en que ustedes nos han encerrado, pero también la descodificación de sus intenciones reales. Puesto que es un hecho, estamos destruidos, sin esperanza de paliativo si seguimos bajo el régimen memorandista, ¿por qué obligarnos a esta elección? Ya que es evidente que ustedes preparan, en el más absoluto secreto, nuestra salida de la Unión Europea y de la zona euro, evidentemente bajo las condiciones que ustedes dispongan (ustedes, no nosotros), ¿por qué razón debemos los griegos permanecer inactivos? Y si la Europa del futuro va camino de convertirse en la de los señores y los siervos, ¿no tenemos el derecho de decidir nosotros mismos nuestra presencia o no en el euro? Pero, además, si esta Europa, que por desgracia no ha cumplido ninguno de sus compromisos iniciales, se ha embarcado en una vía funesta, ¿hay alguna razón para que nos preocupemos por sus compasiones o sus antipatías, querida señora Lagarde, en lugar de buscar cueste lo que cueste la solución menos mala para nosotros?

Para terminar, soy de la opinión de que los griegos le deben dar las gracias, ya que la franqueza de sus propuestas, como directora del Fondo Monetario Internacional, les ha ayudado a saber dónde se encuentran y a tomar las decisiones adecuadas. Señora Lagarde, usted ha sido franca y directa: usted no siente ninguna simpatía por nosotros y todo nos lleva a pensar que usted no es la única… su caballo de batalla no puede ser, por tanto, el salvamento de Grecia. Entonces, se lo ruego, explíquenos, ¿por qué este chantaje del euro?

Le ruego, señora Directora General, reciba la expresión de mi distinguida consideración.

Maria Negreponti-Delivanis

Thessalonika, 11 de junio de 2012

Maria Negreponti-Delivani  es doctora en ciencias económicas por la universidad de la Sorbona,  Administradora y profesora de la Universidad de Macedonia, doctora honoris causa por cinco universidades, Presidenta de la Fundación Delivani.
Artículo publicado en Le Monde, 18/6/2012.
(Traducido del francés por Javier Aristu y Antonio Delgado Torrico)
Puede también leer el artículo en griego, francés, inglés.
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