No han aprendido nada

Por Carlos ARENAS, Javier ARISTU y Lorenzo CABRERA

Las actuaciones y el código de comportamiento de la clase política cada vez más están relacionados con el autismo, es decir, con el aislamiento de la sociedad [autismo: Repliegue patológico de la personalidad sobre sí misma]. Lo vimos durante el fin de semana con las actitudes del presidente Rajoy ante el rescate bancario y lo hemos visto ayer mismo con los nombramientos del gobierno andaluz.

Jörg Asmussen, el representante alemán en la junta directiva del Banco Central Europeo, acaba de decir en Letonia que este país se ha convertido en el ejemplo perfecto de la austeridad supuestamente exitosa (El País, 11 de junio de 2011).  La diferencia con Grecia es que es allí el programa de ajustes no sólo es asumido por los responsables políticos  sino también por la propia población. ¿Dónde está la diferencia entre un país y otro? Simplemente, en la credibilidad existente con respecto a sus clases políticas. En Letonia deben estar convencidos de que los sacrificios de hoy serán ampliamente recompensados en el futuro; en otro país como Islandia, han descabezado la clase política para dotarse, el pueblo, de las instituciones para desautorizar a los oportunistas. En Grecia, por el contrario, los indignados no confían en la marca euro porque no confían en su clase política.

¿Y España? La pregunta tiene una respuesta obvia. Aunque lo nieguen repitiendo el mantra de que somos un país serio, nos parecemos mucho más a Grecia o a Italia que a los otros países citados.  Por las incertidumbres inherentes a la crisis institucional en la que estamos inmersos, y por los especuladores obviamente,  sube la prima de riesgo: porque los casos de corrupción y de aprovechamiento de las instituciones en beneficio privado no se compadecen con las privaciones que se exigen a unos  ciudadanos que pueden pinchar, a base de protestas, la burbuja de la deuda.

Los ejemplos de la crisis institucional son muchos en las últimas semanas: gobierno de mercachifles, reyes que cazan elefantes y yernos que defraudan; amnistías para los evasores de capital; pelotazos con la quiebra de bancos;  privatizaciones; rescates del sistema financiero a costa de los contribuyentes;  jefes del poder judicial de ignota  francachela;  cuentas ocultas de las autonomías del PP;  la empresa vaticana que se resiste a pagar impuestos, etc. etc. Parece que están aprovechando los últimos días de rebajas ante la posibilidad de un cambio institucional en el que la ciudadanía sea, de verdad, un contrapeso contra los aprovechados.

¿Y en Andalucía?  El pueblo andaluz  hizo que la izquierda alcanzara el gobierno de la Junta en las elecciones del 25-M. Y no lo hizo para sostener la manera de hacer las cosas que ha estado vigente en los últimos treinta años; una manera que ha adolecido de los mismos o parecidos defectos de los que hemos señalado más arriba: un aprovechamiento torticero de la cosa pública. Si la izquierda ha llegado al poder ha sido por el ascenso de Izquierda Unida, una formación que ha tenido mucho tiempo para pensar cómo articular otra forma de hacer política. No esperábamos otra cosa. Y sin embargo, nos acabamos de enterar del nombramiento de familiares de dirigentes de IU para altos cargos del organigrama del gobierno andaluz. Da la sensación de que no han aprendido nada; de que siguen con el criterio viejo de que entrar en política es como ordeñar una vaca.

Se podría argumentar que los dirigentes y sus más allegados son los que han sufrido la sed en la travesía del inacabable desierto  y por tanto, son los merecedores de beber en el oasis; se podría decir que sólo los familiares son merecedores de confianza,   que están perfectamente capacitados, que nadie lo duda, o que es nada comparado con la dimensión de la mangancia a raudales de los plutócratas.

Sin embargo, pensábamos o éramos tan ilusos como para pensar que esta vez podíamos encontrarnos con que el gobierno de las gentes y de las cosas se iba a confiar a personas cualificadas principalmente por su perfil personal y profesional. Nos imaginábamos al nuevo gobierno andaluz, en sus escalas directivas, acogiendo en sus niveles superiores a aquellas personas que por su valía, cualificación y representación social, además de por su ascendencia progresista, podían aportar esa savia nueva y regeneradora que desde hace tiempo se ha venido demandando. No ha sido así y es lamentable, por lo menos hasta ahora. Porque escoger para esos puestos directivos a familiares de dirigentes del partido o a simples seguidores en las correlaciones internas del mismo es literalmente una cacicada o, en tono más ligero, una decisión voluntarista, esto es, sin razón objetiva. [Voluntarismo: Doctrina teológica para la cual todo depende de la voluntad divina]

La crisis actual es una crisis institucional y, sobre todo, una crisis moral, y lo que se necesita ahora es dar la batalla en el terreno de los valores, en el terreno de la imagen pública, y esos nombramientos de familiares  no hacen sino ahondar, ahora con la vitola de  izquierdas, en el descrédito de la clase política y, lo que es peor, mucho peor, permite ser aprovechado por la megafonía derechista para  deslegitimar ante la opinión pública una salida alternativa a la crisis; una transición a una España y una Andalucía diferente. Mucha gente, y no sólo parlamentarios y políticos profesionales de izquierdas, está implicada en  acabar con esta farsa en la que se ha convertido el capitalismo. Por favor, por lo menos, no estorben.

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