Las clases populares han cambiado

Por Serge GUÉRIN y Christophe GUILLUY

[Tras las recientes elecciones presidenciales francesas y en la perspectiva de las próximas legislativas, los autores reflexionan sobre las modificaciones sociológicas y geográficas de las clases populares en Francia. Una nueva configuración de capas sociales obliga a la izquierda a resituar sus análisis y sus programas. Aunque la configuración social de España y su distribución espacial puede ser diferente, bastantes de las conclusiones que estos autores aplican a la acción social y política son válidas para nuestro país]

Los resultados de las elecciones presidenciales han resaltado una gran fractura geográfica y social entre la “Francia de las metrópolis” y la Francia periférica, la de los espacios periurbanos, rurales, zonas de medianas y pequeñas ciudades.

Esta Francia, situada fuera de las grandes metrópolis globalizadas es la Francia de la precariedad social. A pesar de que  la pobreza se ha incrustado ahí, se caracteriza en primer lugar por una forma de “mala salud social” donde la interinidad y sobre todo la ausencia de perspectiva son frecuentemente su norma. El éxito de François Hollande, elegido en gran parte gracias al antisarkozysmo de las capas populares, puede llevar rápidamente a las elites políticas de la izquierda y del ecologismo a olvidar la lección: las capas populares en proceso de precarización están aumentando de forma continua y se sienten despreciadas social y culturalmente.

Porque tras las elecciones es la “Francia de después” la que se nos revela. Una Francia donde las fracturas geográficas, sociales y culturales tienden a ocultar poco a poco las representaciones tradicionales. Una Francia que no se estructura sobre la sociología o el sistema político de ayer. Lo que está en juego es la emergencia de nuevas clases populares y mayoritarias precarizadas por la globalización y por las fracturas de una nueva geografía social. El diagnóstico es más complejo que esta nueva cuestión social; se amplifica, además, por una cuestión identitaria mucho más sensible que “trabaja” prioritariamente sobre el conjunto de las clases populares y singularmente sobre las capas jóvenes populares, sean cuales sean sus orígenes.

La situación de estos sectores se puede agravar aún más en los próximos meses y años. Es más, la tendencia indica que aumentará el número de personas afectadas. Con la subida de los precios de la vivienda y el descenso del poder de compra de una parte creciente de la población (trabajadores pobres, asalariados a tiempo parcial limitado, pensionistas precarios…), el número de personas que va a encontrar refugio al margen de los grandes centros urbanos aumentará aún más.

El crecimiento urbano va a continuar, pero también la relocalización fuera de las metrópolis más activas de una mayoría de clases populares, activas y pensionistas. Hoy se puede estimar que el 60% de la población vive fuera de las metrópolis centrales, lo que significa que la Francia de la precariedad social está especialmente en los espacios periféricos, rurales, industriales de las medianas y pequeñas ciudades.

Esta dinámica de dispersión, que va frecuentemente a la par de una menor densidad y eficacia de los servicios públicos, de la cobertura médica, de la calidad de la oferta de bienes culturales, acentúa nuevos riesgos. En esta Francia periférica, que combina el alejamiento de los servicios públicos y del empleo con el aumento de los costes y del tiempo de transporte, se debe repensar la presencia del Estado en función de la fragilidad social de esos habitantes. Cuando Francia acaba de votar por la alternancia serena, olvidar esas realidades es arriesgarse a un rudo despertar en las próximas convocatorias electorales; es arriesgarse a que aumente la fractura geográfica que es también social y cultural.

Los poderes públicos, si son responsables, deben reaccionar a fin de evitar una situación de verdadero apartheid geográfico y social. A nivel de los municipios se pueden desplegar los servicios públicos y las solidaridades teniendo en cuenta la especificidad y las necesidades de sus poblaciones. Por Una parte, se trata de frenar la expansión urbana, por sus costes en la vida cotidiana, destructora del ecosistema y demandante del recurso prioritario al coche, por una política de densificación del hábitat. Por otra parte, es vital reforzar la presencia de los servicios públicos no a través de la multiplicidad de ventanillas que ni el estado ni los municipios son capaces de asumir, sino por la concentración de servicios en lugares centrales e identificados.

Si, en las metrópolis y ciudades medianas, los transportes públicos deben continuar siendo la prioridad a fin de reducir la utilización y contaminación de los coches, favoreciendo de esta manera una ecología social que proteja tanto al planeta como a la capacidad adquisitiva, en las zonas rurales y periféricas hay que favorecer la diversidad y la continuidad de la oferta: transportes públicos, coches disponibles a partir de puntos de reagrupamiento, organización de los trayectos compartidos, oferta de bicicletas y carriles reservados, minibús previa solicitud…

Pero volver a dar confianza a la población que vive en las zonas rurales, periféricas, de pequeñas ciudades, pasa por la innovación social de proximidad. Ésta implica que el estado y los municipios apoyen las iniciativas de asociaciones, empresas de economía social y solidaria, promotores de viviendas sociales que dinamizan el territorio. La innovación social es tanto favorecer el acceso a la competencia digital de las poblaciones como organizar el apoyo escolar,  además de la difusión y la práctica cultural. Es también facilitar el hábitat compartido, promover la autoconstrucción de viviendas, apoyar la organización del reciclaje o el intercambio no monetario de bienes y servicios.

Esta economía de proximidad, favorecedora de empleo allá donde se vive y por tanto reductora del tiempo de desplazamiento cotidiano, puede ciertamente producir aumento de las cargas. Pero éstas podrán en gran parte ser compensadas con la reducción de costes, en particular el transporte, y por la mejora de la calidad y la durabilidad de los productos.

La pérdida de confianza en las instituciones, en el progreso social y en el futuro de las zonas periféricas no podrá ser frenada con fórmulas huecas, moralizadoras o encantadoras. No se trata de fustigar el racismo y de comunicar buenos sentimientos para invertir la tendencia. Por el contrario, hay que intervenir sobre el terreno y dar su oportunidad a la innovación social. Ahora.

Serge GUÉRIN es Sociólogo. Profesor en la ESG-MS. Christophe GUILLUY es geógrafo, director de MAPS

Le Monde, 28 mayo 2012

Traducción de Javier Aristu

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