La imagen de los sindicatos

Por Carlos ARENAS

Me precio de ser uno de los mejores conocedores de la historia del movimiento obrero andaluz. Su historia es un rosario de clamorosas derrotas las más de las veces, de estrategias inspiradas en un sentimiento de economía moral que en un análisis racional de la realidad, de represión y de martirio por atreverse a combatir algo peor que el hambre: el desprecio de los dueños del capital.

No ya por la historia, sino por la experiencia vivida durante el franquismo, tengo, y como yo tantos ciudadanos, una consideración altamente positiva de los sindicatos españoles, en concreto, de Comisiones Obreras. Una consideración cimentada en la memoria de aquellos trabajadores que no dudaron jugarse la libertad por sus compañeros presidiendo asambleas de fábricas o encabezando manifestaciones prohibidas. Gracias a ellos, la democracia fue posible.

En los últimos treinta años, sin embargo, la democracia, el país, la economía han ido a derivando poco a poco hacia fórmulas y modelos cada vez más decepcionantes sin que las organizaciones de izquierdas, los sindicatos tampoco, hayan podido cambiar el rumbo marcado por un capital antisistema que no ha dejado de suministrar golpes bajos ya no sólo a la vieja aspiración de alcanzar una solución más allá de la propiedad privada, sino incluso  al sistema de relaciones laborales y de  bienestar que resultó del pacto entre  capitalistas y trabajadores durante la transición democrática.

Gracias a una forma más o menos ortodoxa de consenso corporatista en España y en Andalucía, los sindicatos han acompañado sin especial resistencia al poder del dinero en esa deriva desde las viejas  aspiraciones a las recientes miserias, dejando año tras año gran parte de la credibilidad atesorada en décadas de lucha, hasta el punto que denostar a los sindicatos se ha convertido en un lugar común, una opinión ampliamente compartida.

Por fortuna, como ocurrió en Europa en los año setenta, como Emiliano Zapata dejando su poltrona en el ministerio de agricultura tras la visita de unos campesinos hambrientos, los sindicatos españoles han retomado recientemente las armas dialécticas ante la insoportable realidad del paro, la denigrante reforma laboral de febrero que nos retrotrae al siglo XIX, la destrucción del estado del bienestar y, por qué negarlo, ante el ejemplo dado por el movimiento del 15-M, que ha influido ahora como influyeron sobre las burocracias sindicales europeas los movimientos espontáneos de ocupaciones de fábricas a finales de los años sesenta.

Los sindicatos vuelven a ser hoy un referente de la gente sin futuro. Sin embargo, desde mi punto de vista, hace falta dar pasos más amplios para recuperar del todo el prestigio perdido. En ese sentido, me atrevería a proponer, sólo a título de reflexión, una estrategia con tres líneas claves de trabajo: transparencia, evaluación y versatilidad.

Transparencia para comunicar al gran público, a través de los medios propios y ajenos, cuáles son sus estrategias generales y sectoriales en todos los terrenos, foros, convenios, consejos de administración, consejos económicos y sociales, instituciones de concertación, qué se pretende en ellos, y cuáles son los obstáculos que se encuentran y los resultados obtenidos. La intervención publicada de la representante de CCOO en la Junta General de Accionistas de Banca Cívica es, aunque tardío, el camino a seguir.

Evaluación externa y objetiva sobre sus delegados. Evaluación de los trabajadores sobre la función que los delegados sindicales desempeñan en los centros de trabajo, sobre la idoneidad de los mismos en el terreno personal, laboral y sindical.

Evaluación externa sobre la utilidad y los resultados de aquellas actividades formativas o culturales que los sindicatos realizan con dinero público. Los ciudadanos deberían saber cuál es el efecto de esas actividades sobre el empleo de los alumnos, la formación de capital humano, la movilidad laboral, etc.

Evaluación externa, no una simple declaración tautológica sobre el grado de cumplimiento de las acciones, de los resultados de los planes de concertación social donde los sindicatos estén presentes, de los efectos de los mismos sobre el empleo, la renta y el bienestar de los andaluces, en aras a consolidar o rediseñar las estrategias en materia de política económica.

Versatilidad para asumir nuevas competencias y responsabilidades, y en ese sentido lo más urgente sea tratar de incorporar al sindicato al trabajador precario de hoy, así como  recuperar la dimensión socio-política que ya tuvieron en los años de la transición; pero también la implicación leal en otros movimientos sociales, de vecinos, de enseñantes, de consumidores, incluso, por qué no, asumiendo funciones asistenciales que hoy dejamos irresponsablemente en manos de la Iglesia, de las Iglesias.

Una actuación en esta triple línea, podría tener un valor añadido. Obligaría al resto de los interlocutores sociales del sindicato: gobierno, patronal, entidades públicas y privadas a obrar con rigor y transparencia, gracias a lo cual evitaríamos pillerías, oportunismos y búsqueda de rentas.