Andalucía ante su porvenir y 3.

Y Caín habló con su hermano Abel…

Por Javier ARISTU

Caín dijo después a su hermano Abel: «Vamos al campo.» Y cuando estaban en el campo, Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató [Génesis, 4]

Hablar de la izquierda en Andalucía es hablar de historias bíblicas. De Caín y Abel.

Desde tiempos inmemoriales, más de 80 años, las dos formaciones de izquierda que han constituido la historia política de los andaluces durante el siglo XX –no nos referimos a los cuarenta años de antipolítica y de dictadura pero que sin duda pesan como una losa todavía– se han comportado como los hijos de Adán, labrador uno, el otro pastor, enemigos ancestrales y eternos adversarios. Si uno no ha matado al otro es porque el electorado, cruel y generoso a la vez, ha salvado a cada uno de ellos en los momentos decisivos. A uno lo ha venido castigando en sucesivas convocatorias sin que, pudiéramos pensar, eso le hiciera recapacitar y reflexionar sobre los cambios habidos en este mundo. Al otro, premiándole desde siempre con mayorías absolutas o casi, ha venido, milagrosamente y contra todo pronóstico, a sacarle del infierno en la última de marzo; queda por saber si eso también lo hará recapacitar o simplemente lo considerará un traspiés. Tras el 25-M ambos se necesitan. Caín y Abel.

¿Acaso una maldición bíblica ha recorrido esta tierra, como un poblado tras cien años de soledad, para haber impedido antes esa solución de gobierno y de colaboración política? ¿Por qué no ha sido posible hasta ahora ese gran acuerdo de gobierno? No es, a lo mejor, el momento de hablar de eso. Hay bastante literatura y prensa escrita sobre esta desgracia: el anticomunismo visceral del socialismo español; el antisocialismo endógeno del comunismo español. Historias para no dormir, impregnadas de la retórica cultural del pasado siglo.

Poco a poco y de forma paulatina los colosales cambios de los últimos años han venido a situar las cosas en otro territorio. Un cierto terremoto –perdón por este símil tras los seísmos de Japón, Lorca y Emilia-Romagna- ha desmantelado las cómodas casas y ha obligado a aquellos que se reclaman de las izquierdas históricas a enfrentarse con sus propias limitaciones, a iniciar un proceso de adaptación a los nuevos tiempos. Hay que cambiar de perspectivas y también de territorio de la confrontación social e histórica. Hay que emigrar a otras geografías culturales. Es inevitable abandonar los históricos refugios (¡qué calentito se estaba allí, al calor del fuego y escuchando de los venerables ancianos las historias ya conocidas!) e iniciar una peregrinación, un largo proceso de búsqueda y reconocimiento de nuevas ensenadas, de nuevas playas y montañas donde se pueda asentar la buena gente. No está garantizado el éxito de este viaje.

No descubrimos ninguna piedra filosofal si deducimos de todo lo que viene pasando en el mundo que el impulso de las culturas de izquierda del siglo XX –la socialdemócrata y la comunista- está ya en estado de inercia. Muchas señales hace tiempo que nos vienen avisando de que las nuevas generaciones, sin enfrentarse directamente a las anteriores ideologías –no son sus contrarios-,  están a la búsqueda de una nueva identidad o, mejor dicho, de una nueva manera de existencia.

Andalucía no puede quedar como excepción en esta peregrinación hacia nuevos territorios. Es imprescindible que el día a día del gobierno de coalición no oculte la gran perspectiva. Los ciudadanos necesitan un discurso nuevo, un lenguaje moderno y unos objetivos renovados si no queremos que este gobierno que ha generado una escéptica esperanza pase al baúl de la historia antes de lo que muchos creen.

Dejar los territorios seculares no siempre es agradable. Emigrar puede ser visto como un fracaso o bien como una manera de afrontar el futuro. Hoy estamos en ese dilema: o se afronta el futuro desconocido o, es ley maldita pero ley, sólo queda aquello de gobernar la casa del padre, seguir como hicieron los ancestros. Emigrar hoy en Andalucía significa, paradójicamente, volcarnos hacia nosotros, mirarnos el uno al otro y reconocernos en nuestra diversidad. Sólo es posible una Andalucía si la reconocemos a través de la diversidad y la pluralidad. Andalucía no es un ente ideal hecho de mitos y construcciones mágicas. Andalucía existe a través de múltiples facetas y personalidades culturales y sociales agregadas a lo largo de la historia.

Parece evidente que, partiendo de esa historia de enfrentamientos y querellas, se trata de pasar página a fin de dar la importancia que se merecen a estos objetivos que enumero a continuación. Y para ello la acción de este gobierno andaluz me parece que puede ayudar a la propia renovación de la política, al debate de los partidos:

  1. Potenciar esta región como tierra abierta a nuevas agregaciones sociales  y culturales. Andalucía ha sido tierra de emigración y puede ser ahora y en el futuro tierra de paso, de puente entre civilizaciones. Ello, además, aporta savia nueva. “O la ciudad se cierra y se convierte en una ciudad amurallada –y las ciudades amuralladas ya no existen- o bien permanece como una ciudad abierta y, en tal caso, debe ser consciente de que en ella entrará el extranjero” (Massimo Cacciari)
  2. Abrirse a la modernidad. Palabra prodigiosa, vista por unos como maldición y admirada por otros como alucinación. Recojamos su sentido exacto. Es inevitable plantearse cómo Andalucía debe prepararse para sortear esta crisis con medidas a medio y largo plazo que sólo pueden venir de iniciativas innovadoras y creativas. Con nuevos grupos sociales que sean capaces de dirigir ese proceso aglutinando en torno a ellos a mayorías sociales. La historia de siempre, por otro lado: sustituir a los grupos dominantes que hasta ahora han hegemonizado el proceso autonómico en una deriva dependiente y conservadora por otra constelación de capas sociales exponentes de la renovación.
  3. Desarrollar teoría y reflexión cultural en el sentido más amplio. Empezando por los partidos políticos del gobierno, convertidos en máquinas de fidelidades políticas, reacias a perder sus parcelas de poder institucional. Si quieren volver a dar prestigio a la política, los partidos, los dirigentes de esos partidos, deben establecer nuevos vínculos con las capas intelectuales (universidades, centros de investigación, núcleos de pensamiento social, etc.) a fin de permitir que la teoría penetre en los poros de dichas organizaciones y convierta a sus cuadros en verdaderos activos de renovación social. Menos medallas de oro a personalidades huecas y retóricas y más reconocimiento al pensamiento de vanguardia y al compromiso ético.
  4. Redefinir el papel de los partidos clásicos de gobierno ante las nuevas explosiones sociales. Es muy posible que los partidos de masas estén acabados; nuevos movimientos sociales surgen, de forma coyuntural, fluida, incapaces ya de ser absorbidos por los partidos como ocurría antes. Por eso se hace imprescindible esta ambiciosa faena de enlazar de nuevo el conflicto social con la alternativa política. Una verdadera batalla ésta, posiblemente la madre de todas las batallas.

Son seguramente más los objetivos que deberían constituir el horizonte estratégico de la izquierda andaluza. No pretendemos reducir a esos cuatro el amplio abanico de reformas que necesitamos hacer para renovar Andalucía (y con ello España y Europa) pero sí estoy seguro de que están entre los prioritarios. Si no quieren, en el futuro,  responder como Caín  ante Yavhé: «Mi castigo es más grande de lo que puedo soportar».

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