Hacia la europeización de las respuestas sindicales

Por Juan MORENO

El riesgo de fracaso del proceso de integración europeo, es en estos días bien real y, según algunos observadores, inminente. Algunas esperanzas en el plano político comienzan sin embargo a aparecer, que de consolidarse podrían frenar la debacle del sueño europeo que iniciado en la posguerra mundial, avanzó gradualmente hasta dotarse de un mercado y una moneda común.

De los peligros del déficit democrático y social de la Comunidad Europea desde su fundación, se avisaron desde muchos ángulos, como el sindical o el de pensadores inequívocamente europeístas como Maurice Duverger. La implantación de la unión monetaria  sin que en paralelo se estableciera un gobierno económico de la UE, es decir sin ningún tipo de de coordinación de políticas económicas y sociales, fue considerado en su día como la única forma de avanzar sin provocar  la salida de la Gran Bretaña, gobernada por Thatcher. Pero pasados los años, no variaron las cosas con Blair, y avanzó el euroescepticismo conservador, motivo y, sobre todo, excusa para no avanzar en la unión política. El leve refuerzo que hubiera significado la frustrada Constitución, quedó aún más aguado en el Tratado de Lisboa. 

Otros grandes objetivos de la UE a largo plazo como la Estrategia de Lisboa (2000-2010) para reformar la economía europea y estabilizar su crecimiento mejorando el empleo y la cohesión social,  fracasaron mucho antes de que venciera el plazo de 2010 y en marzo pasado se alcanzaban en la UE los  24,5 millones de parados, un 10,2% de la población activa.

Aunque los recortes que se están realizando en muchos países al amparo de la mal llamada política de austeridad no tienen precedente, los ataques al modelo social europeo por parte de gobiernos neoliberales (y en algunos casos por gobiernos que no se reclamaban de esa ideología) se venían recrudeciendo desde fechas lejanas en casi todos los países.

La batalla dada por las fuerzas progresistas, y por otras organizaciones como  la Confederación Europea de Sindicatos (CES) no ha evitado un giro generalizado al neoliberalismo económico y al conservadurismo político, cuando no a un nacionalismo xenófobo.. Ello se tradujo en las políticas nacionales pero también en propuestas de directivas e incluso de sentencias del Tribunal de Justicia de la UE que amenazaron con dejar en papel mojado el modelo social europeo.

Hubo entonces muchas movilizaciones sociales y lo más destacado fue la presión de la CES y de sus organizaciones afiliadas, en alianza con otras fuerzas y con  miembros progresistas del Parlamento Europeo, para impedir el proyecto de directiva de tiempo de trabajo que pretendía aumentar a 65 horas la jornada semanal. La CES convocó una manifestación en Estrasburgo ante el Parlamento y una jornada de paros de corta duración en las empresas. Finalmente el PE aprobó el informe del diputado socialista español Alejandro Cercas  dejando el límite en las 48 horas.

La agudización de la crisis en muchos países de la UE llevó a ésta (es decir a los gobiernos nacionales más poderosos) a decidir  como “única solución posible” los planes de austeridad y ajuste presupuestario sacados del recetario neoliberal de las peores épocas del FMI, acompañados de  las  “reformas estructurales”, de los mercados de trabajo, de los sistemas públicos de pensiones, de otras prestaciones sociales, de los servicios públicos, etc. La mal llamada austeridad en verdad es solo  rigor para la parte más débil de las poblaciones..

            Es necesario reconocer que el movimiento sindical europeo, ha sido sorprendido por la violencia de los ataques neoliberales. Los objetivos de europeizar las acciones sindicales encuentran serias dificultades. Las respuestas siguen siendo domésticas cuando las causas y los efectos son europeos. Las acciones se convocan siguiendo calendarios impuestos por quienes provocan las movilizaciones, pues es casi siempre la agenda nacional legislativa o gubernamental la que obliga a responder en plazos determinados.  Si se hubieran podido concentrar  varias de las huelgas generales nacionales y otras  manifestaciones en una sola fecha habría habido una primera acción general europea de gran impacto político.

Se suele atribuir este déficit de coordinación  a la debilidad de la CES, pero no debe olvidarse que son las confederaciones nacionales las que tienen que mostrar la voluntad política de decidir en la CES, un impulso de la acción y de las propuestas en el ámbito de la UE. La CES fue creada en 1973, pero  no jugó un papel reseñable hasta que en 1991 se aprobó (bajo la iniciativa de un grupo numerosos de sindicatos) su “autorreforma” a partir de la cual vivió una etapa de importantes avances organizativos y políticos. Después los problemas nacionales coadyuvaron a un cierto repliegue de los sindicatos al ámbito local.

Pese a las grandes dificultades en los países, es necesario que los sindicatos vuelvan al espíritu y al compromiso de creación de un sindicalismo supranacional para reforzar la CES como actor social europeo frente a la patronal, forzando el dialogo social, y ganando espacios de intervención política al mismo nivel.

El sindicalismo europeo no debe renunciar a su europeismo sino acentuar la reivindicación de otra Europa más social. Como dijeron varios líderes sindicales  (entre ellos Toxo y Méndez) en un artículo conjunto publicado en varios diarios de gran difusión:

 

Pese al profundo desencanto europeo de muchos trabajadores, seguimos diciendo que no hay otra solución que la profundización del proyecto europeo, pero con políticas muy distintas a las fracasadas e injustas que los actuales responsables políticos europeos nos están imponiendo. No es tiempo de Gobiernos de tecnócratas, sino de dar más terreno a la democracia social y política y a la participación ciudadana.

¿Qué proponemos para salir de esta crisis económica y política de la UE?

En primer lugar, acabar con los mecanismos de la especulación y asegurar la capacidad financiera de todos los Estados miembros, resolviendo de una vez la crisis de la financiación de los Estados (…) La estabilidad de las finanzas públicas también preocupa, y mucho, al sindicalismo europeo. Pero los objetivos de reducción de los déficit y las deudas no se pueden alcanzar hundiendo las economías. El reto, posible, es alcanzarlos en plazos realistas al tiempo que se toman medidas, europeas y nacionales, para promover el crecimiento económico y la creación de empleo[1]

El movimiento sindical europeo en su conjunto debe de luchar, en alianzas con otros sectores, para lograr que la UE retome el camino del crecimiento económico y de la creación de empleo.  La derrota de Sarkozy en Francia, los retrocesos de la democracia cristiana de Merkel en Alemania, y los anunciados propósitos del nuevo presidente francés François Hollande de impulsar, con el respaldo del SPD alemán y del Partido Democrático italiano, un giro en la UE (eurobonos, impuesto a las transacciones financieras, fomento del empleo juvenil, etc.) pueden ser favorables si van  acompañados  por el conjunto de la izquierda y por la movilización ciudadana y social. El sindicalismo debe contribuir  ensayando una respuesta de ámbito europeo a un cambio de rumbo progresista en la UE.


[1] Por un nuevo contrato social europeo

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