¿Por qué fracasan las naciones?

Por Carlos ARENAS POSADAS

Why nations fail. Ese es el nombre de un libro reciente de Daron Acemoglu y James Robinson, que trata de explicar las razones por las que países, regiones o territorios, situados muy próximos entre sí, con los mismos condicionantes geográficos y climatológicos, dotados con los mismos o parecidos recursos naturales difieren con el tiempo en el  nivel de desarrollo y bienestar de sus pobladores; por qué países, regiones  o territorios que partían hace siglos de un mismo nivel de riqueza son hoy prósperos unos y pobres otros.

Desde antes incluso que Adam Smith, cómo promover la riqueza de las naciones ha sido una preocupación central entre los economistas de todos los tiempos, una parte de los cuales han llegado a la conclusión de que el subdesarrollo y el progreso humano son el resultado de la acumulación de factores físicos  y humanos empleados, de capital en suma, y de la eficiencia como esos recursos se utilizan, de su productividad. Con parecer obvias estas conclusiones, adolecen de un defecto: confunden las causas del desarrollo con el desarrollo mismo, los síntomas con las causas, las consecuencias con los fundamentos.

Acemoglu y Robinson  ofrecen en el subtítulo de este libro la respuesta a la pregunta planteada: la clave de la prosperidad y de la pobreza de las naciones tiene un origen histórico y político, y está íntimamente ligada a los equilibrios de poder en cada una de ellas.  Por regla general,  los territorios donde una oligarquía ha construido instituciones formales e informales que le permiten usar, abusar y reproducir su poder a lo largo de la historia, usar en exclusiva los recursos disponibles son más pobres que aquellos otros donde un mayor equilibrio de poder entre las clases sociales ha permitido promover la democracia, la movilidad social y la igualdad de oportunidades en el acceso a los recursos.

Traigo esto a colación para hablar de Andalucía. No creo, en primer lugar, que cueste mucho demostrar que Andalucía se encuentre en el grupo de las regiones retrasadas en relación a otras de España y de la Unión Europea. No voy a dar cifras, pero invito al lector a comprobar cómo no hay variable importante de las que miden el desarrollo y el bienestar, referida  al conjunto de España, que alcance el 18 por ciento que le correspondería por el tamaño de su población o de su territorio. Por el contrario, sobrepasamos con creces esa ratio en aquellas otras variables que definen el atraso o la desigualdad, como ocurre con las tasas de desempleo y la precariedad laboral.

Costaría un poco más convencer al lector de que los déficits mencionados en relación a otras regiones y países son en buena medida atribuibles a la calidad de las instituciones generadas en la propia sociedad andaluza. Andalucía, se diría, no es una nación en el sentido burgués del término. Mi opinión es que en Andalucía ha existido una amplia autonomía política desde la edad media, una autonomía expresada en instituciones formales e informales específicas, construidas  a lo largo de los siglos por las elites dominantes locales a partir del ejercicio oligárquico del poder.

Para demostrar lo que digo, hagamos un poco de historia. Andalucía fue conquistada por los castellanos a partir del siglo XIII; aquí se hicieron los ensayos para organizar el territorio de una forma que haría fortuna a partir del siglo XVI en Latino América: se “encomendó” a los nobles, hombres de armas, el gobierno de aquellos, estos, territorios lejanos;  el señorío, la gran propiedad, el cortijo -que significa corte pequeña-, se convirtieron en decisivos centros de poder sobre lo que realmente importaba, sobre los recursos materiales y humanos de ámbito local. La revolución liberal del siglo XIX no cambió sustancialmente la hegemonía despótica, caciquil, clientelar de los señores de la tierra sobre el pueblo andaluz. Como el príncipe Salina en el Gatopardo,  la aristocracia se avino a aliarse con la burguesía “revolucionaria” para perpetuar un modelo de capitalismo basado en el privilegio, la búsqueda de rentas y en la explotación de la mano de obra jornalera y campesina. El único intento formal de romper la columna vertebral de aquel capitalismo montado sobre el poder de las oligarquías locales lo hizo la II República, y la respuesta fue la que todos conocemos: el apoyo activo al levantamiento de los generales africanistas y el genocidio de los que se atrevieron a desafiar su poder de siglos. Franco restituyó el poder de oligarcas y eclesiásticos,  por eso, en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, los opositores al régimen decían pretender, con toda la razón del mundo, una democracia antifeudal y antimonopolista. No, evidentemente, no había feudalismo en la Andalucía de mediados del siglo XX; de hecho, no lo hubo ni en la edad media; el capitalismo andaluz es uno de los más antiguos de Europa;  eso sí, un capitalismo controlado y reproducido  por sucesivas oligarquías amparadas en la violencia, en el analfabetismo y en el apoyo clientelar de clases subalternas.

El capitalismo oligárquico basado en la propiedad desigual de los recursos sucumbió traicionado por Franco en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, cuando permitió emigrar a casi dos millones de andaluces, privando a la élite dominante de la principal fuente de su riqueza y de su poder: la abundancia de mano de obra barata. Junto a la sensación de abandono y al victimismo propio de todo nacionalismo burgués, quedó claro que había que adaptarse a los tiempos y encontrar los mecanismos para seguir medrando.

Llegada la democracia y conseguida la autonomía plena para Andalucía tras el referéndum de febrero de 1980, cabría preguntarse si el partido socialista que ocupó y ha ocupado el poder durante más de treinta años ha pretendido o conseguido cambiar sustancialmente el tradicional desequilibrio de influencias en Andalucía, si ha acabado con las secuelas de las  viejas instituciones andaluzas o si, por el contrario, ha sido el instrumento, a la manera gatopardiana, para cambiar lo aparente sin que nada importante cambie en el fondo.

Repasando algunos “hechos con valor de estructura”, que diría Thompson, da la sensación de que poco se ha hecho para modificar la dependencia de una trayectoria que nos ha conducido a una situación muy difícil.  Vienen al caso los grandes perceptores de la PAC, las multinacionales que han desertizado Jerez, los oligopsonios que arruinan nuestras cooperativas, las multinacionales que monopolizan la distribución, chantajean y reclaman ayudas millonarias con la promesa de mantener los puestos de trabajo, los antiguos terratenientes convertidos en grandes propietarios de suelo urbanizable, los responsables políticos de las cajas de ahorro, los privilegios concedidos o mantenidos a la Iglesia católica, el papel jugado por la cúpula empresarial. Vienen al caso, incluso, los monumentos y homenajes concedidos a personajes e instituciones del Antiguo Régimen que proliferan en nuestras calles. Da la sensación de que sobreviven en la población las típicas instituciones de sociedades regidas por las oligarquías: el clientelismo, la búsqueda de rentas, el  sálvese el que pueda, la picaresca, el fatalismo.

Desde otro punto de vista, se puede decir que en los últimos treinta años Andalucía ha progresado con España en términos absolutos, que ha crecido en determinados momentos por encima de la media española aunque haya sido un crecimiento atribuible a actividades poco sostenibles y volátiles como el ladrillo y el turismo, que ha resuelto injusticias y desigualdades flagrantes en los terrenos de la sanidad y de la educación cometidas por los antepasados de quienes hoy son la oposición política, que ha multiplicado el número de universitarios por encima incluso del número y de las especialidades que reclama nuestro tejido productivo.

Tras el análisis de este desigual balance, el pueblo andaluz ha otorgado el poder a los partidos de izquierda las elecciones de marzo de 2012, con lo cual tienen una nueva oportunidad histórica para terminar con las ambigüedades. En épocas de profunda crisis como la actual la izquierda debe hacer bastante más que poner paños calientes keynesianos sobre las heridas que infieran las estrategias hegemónicas tendentes a recomponer la maltrecha tasa de ganancia del capital arrasando todo lo conseguido hasta aquí.  Dado que el Estado pueda terminar siendo, si no lo es ya, un lacayo de  “los mercados”, no parece que se pueda sostener por mucho tiempo la labor benefactora a menos que se produzca una masiva intervención política a escala global. En cualquier caso, hay una labor imprescindible, eternamente pospuesta en Andalucía: empoderar al conjunto del pueblo andaluz con las herramientas institucionales, políticas, materiales e intelectuales que les permitan participar en la construcción de su futuro. Hay que abrir la caja de las oportunidades a todos y no sólo a unos pocos privilegiados,  potenciar la acción colectiva, el capital social, las relaciones transversales y no jerárquicas que sustituyan las relaciones de clientela;  en definitiva, hacer de la democracia real el fundamento del poder.

  • Lectura: Daron Acemoglu; James A. Robinson (2012) Why nations fail. The origins of powerprosperity and poverty. Crown Business, Nueva York.
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