1945-1973

Por Javier VELASCO

Para tener una opinión, siempre sometida a prueba, hay que tener un buen
diagnóstico. Para proponer una solución, cuando se trata de seres humanos y
trabajadores por cuenta ajena, hay que tener una gran capacidad de empatía, cosa, en principio, fácil, si consideramos que la mayoría de nosotros somos de esa naturaleza. Sin embargo, observamos una gran cantidad de opiniones sin buenos diagnósticos y una escasa empatía. Eso lleva a error. ¿Qué da calidad a un diagnóstico? La ausencia de prejuicios y la consideración de la mayor cantidad de datos posible. Aún así, siempre es sana la duda. Esto viene al
caso porque, en las circunstancias actuales, es vital tener un buen diagnóstico
sobre la crisis, cosa que desgraciadamente no sucede. Y no me refiero a
diagnósticos a corto plazo y parciales, me refiero a tener una visión total, con
todos los ingredientes a considerar.

Una crisis como la que vivimos no es exclusívamente económica, es cultural y de civilización. Tendrá, por tanto, importancia histórica. Esto no se resuelve solo con equilibrios macroeconómicos ni con meros impulsos al crecimiento.
Para entenderlo hay que partir de un periodo excepcional en la historia del
crecimiento económico, y del contenido de ese crecimiento. Se trata del periodo que va de 1945 a 1973 en Europa Occidental. Lo que el economista francés Jean Fourastié llamó “Treinta Gloriosos”. Es la fase también llamada “sociedad de consumo de masas” o “sociedad del espectáculo”. En ese periodo se han producido muchos acontecimientos que tienen un enorme peso sobre nuestro presente y que conviene identificar.

En primer lugar, cambió radicalmente el universo de los trabajadores. La
reconstrucción europea, junto a la aplicación de técnicas organizativas
empresariales, lograron crecimientos económicos con pleno empleo. Subieron los salarios, los beneficios de las empresas y los ingresos de los gobiernos, que
pudieron abordar grandes proyectos de infraestructuras como redes ferroviarias, carreteras, escuelas, centros de salud, redes de  telecomunicaciones y un sinfín de iniciativas que mejoraron espectacularmente el entorno de los países. Se aumentaron las vacaciones pagadas a un mes y se recortó la jornada. Un paraíso. Las familias trabajadoras dejaron de ser proletarios, que tenían ingresos para sobrevivir, a consumidores de objetos que les procuraron un avance
extraordinario en su bienestar y aprovisionaban la caldera de un crecimiento
explosivo y permanente. Apartamentos confortables, con servicios, agua potable, electricidad y habitaciones para los miembros de la familia, electrodomésticos, televisión, coche y vacaciones en el mar. En el exterior, grandes almacenes y supermercados, cines y discotecas.

Mientras, el campo y los países más atrasados, como España, enviaban a sus habitantes al extranjero, en uno de los movimientos de población más vastos que ha contemplado Europa. Los gobiernos, ante el miedo comunista
o por convicción, crearon un sistema de educación y salud gratuita o casi gratuita ,y , además, construyeron el sistema de pensiones. Y no solo fue la
socialdemocracia. Mientras tanto, los comunistas, que tenían un alto porcentaje de voto en la posguerra, iban desapareciendo al grito de que había que cambiar la sociedad. Que la sociedad de consumo era explotadora. Sin embargo, nunca la clase obrera soñó con tener los mismos objetos que la burguesía, aunque fuesen, como se decía, utilitarios.

Para el análisis conviene retener los siguientes elementos:
1. El crecimiento espectacular, que es nostalgia permanente de la
socialdemocracia, se dio en Europa por la confluencia de una serie de factores
irrepetibles.

2. Esos factores fueron la reconstrucción europea de posguerra y la transferencia de la sociedad de consumo, y su tecnología, que había nacido en los años 20 en los EEUU, a la sociedad europea.

3. Los trabajadores, que habían sufrido enormemente desde la Primera
Revolución Industrial, que habían muerto a millones en las dos guerras y que
vivían condiciones penosas en el campo, se encontraron con un cambio en sus
vidas que les hizo pensar en un verdadero milagro existencial.

4. Lo más excepcional es que esa sociedad de consumo, esos coches,
electrodomésticos, vestidos, carreteras, alimentos, vacaciones eran la base del
crecimiento y del empleo. Eso sí, en una época de combustible barato y sin
pararse a contar la intensidad energética de lo que se producía. Como veremos, hoy no se dan las mismas condiciones.

5. Durante el periodo del que hablamos, el de la sociedad de consumo de masas, existieron muchos críticos que, desde un cierto elitismo intelectual e inteligente, la censuraron. Debord y los situacionistas, Marcuse, Baudrillard y otros, que influyeron, e influyen, en los campus universitario y que, a pesar de que no fueron escuchados, conviene releer. Sin olvidar a Enrico Berlinguer y su política de austeridad, que tenía un contenido absolutamente distinto al que se le da en este momento.

5. Esta situación duró treinta años y nuestros emigrantes se aprovecharon de ella, pero llegó a su fin a finales de los años sesenta y estalló en 1973, por decir una fecha, y ahí empieza todo lo que nos ha llevado al momento presente. De eso hablaremos en el próximo comentario.

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