Andalucía ante su porvenir 1. De mutaciones y revoluciones

Por Javier ARISTU

Frente a tales mutaciones, sin duda hay que inventar inimaginables novedades, al margen de anticuados modelos que todavía conforman nuestras conductas y nuestros proyectos. Nuestras instituciones lucen un destello que se parece, hoy día, al de las constelaciones de las que los astrofísicos nos enseñaron antaño que ya estaban muertas desde hacía tiempo.

Michel SERRES, Pulgarcito

Es un soniquete oír desde la filas de la derecha autoritaria y “estatal-noliberal” que los sindicatos están caducos, que son vestigios de un pasado ya muerto. Uno podría estar de acuerdo si a esa formulación se incorporan las organizaciones empresariales. Porque ambas son vestigios de un mundo donde la negociación y el acuerdo social eran condición estructural. Si recorremos el visor en panorámica podríamos encontrarnos con otros actores sociales que a lo mejor tampoco gozan de buena salud en cuanto a credibilidad y eficacia social. Podríamos hablar –¿por qué no?- de los partidos como vehículos de representatividad y legitimación social (¿quién defendería hoy sino sus propios dirigentes que son instituciones sociales que están al día?). También podríamos incluir, por ejemplo, a las instituciones políticas representativas de nuestra democracia, exponentes hoy de la profunda brecha y divorcio existente con aquello  que dicen representar.  Y podemos seguir hablando de obsolescencia –no sé si programada- si miramos a la escuela, una hermosa y decisiva institución que emite hoy destellos de supernova. Y, sin embargo, nadie en su sano juicio –aunque vivamos en un mundo de locos- tiraría en un punto limpio a los partidos políticos, ni a la escuela ni al parlamento… ni siquiera a las organizaciones empresariales. Ni tampoco a los sindicatos, para que quede claro. Aunque todas y cada una de esas instituciones estén mostrando brillos que son reflejo del pasado esos brillos son marcas que todavía nos ayudan a ver en la noche de este tiempo difícil de vivir y apasionante para  pensarlo.

Porque si lo meditamos bien y a fondo es hora ya de imaginar proyectos e instituciones novedosas que de forma progresiva pero imparable irán sustituyendo a las que han sido el cemento de nuestra sociedad desde, al menos, 1848, pasando por los grandes momentos fundacionales de la sociedad urbana e industrial moderna. Nadie que haya vivido la caída del muro en 1989, que piense en el descubrimiento del genoma humano y las ciencias biológicas, que analice el desarrollo de Internet y las redes sociales a él ligadas, que valore el crecimiento exponencial de la comunicación mediantes dispositivos personales podrá creerse que el mundo es ya igual que antes. Nuestros abuelos cantaron aquello de la Internacional que decía “el mundo va a cambiar de base, los nada de hoy todo serán”; es decir, hablaban de sustituir el poder de los pocos por el de todos. Hoy, además de seguir en eso que sigue vigente tenemos también que hablar de la otra parte de la letra: “Del pasado hay que hacer añicos.” Un mundo nuevo está sustituyendo al viejo, con la diferencia de que seguramente la dirección de ese cambio la están gestionando los de siempre, los poderosos. Un mundo está cambiando su naturaleza y su forma de ser comprendido. A lo mejor lo que nos hace falta es algo similar a aquella revolución copernicana del pensamiento que nos propuso Kant.

Sí, es otro mundo completamente nuevo y diverso el que está surgiendo. Con su propia e innovadora estructura de intereses, deseos, ideales y formas de relacionarse los unos con los otros. Y eso duele. A los que, nacidos en un sistema social donde el trabajo, el matrimonio, la familia, la escuela y el salario eran ejes que sostenían el relato de toda una vida, nos pone los pelos de punta constatar que el trabajo está pasando a ser una parte reducida y atomizada de la vida de nuestros hijos; que el matrimonio se ha convertido en una sucesión de divorcios; que la familia ha dejado de ser el ente primario de la vida social (aunque todavía en tiempos de crisis se convierta en refugio de solidaridad); que la escuela está sufriendo una crisis de proporciones cósmicas y que el salario ha pasado a ser otra cosa que la contraprestación por el valor del trabajo.

Los valores del mundo moderno industrial han saltado por los aires. Nuestro cosmos vital está cambiando de base y eso hace que se esté llevando por delante muchas cosas, entre ellas gran parte de las conquistas sociales e individuales que vinimos en llamar estado de bienestar. “Hemos entrado en una era de inseguridad: económica, física, política” [Tony Judt]. Ahora se trata de combatir, sí, de combatir y pelear por conservar, adaptándolos, aquellos productos sociales que dieron sentido al relato de la generación anterior, de mi generación también,  y que los animó a construir una vida mejor: la estabilidad en el trabajo, el salario justo, las vacaciones pagadas, el afán de hacer mejor las cosas y ser premiado por ello, el valor de la libertad individual, la importancia de lo colectivo como elemento de cohesión,  la igualdad ante todas las oportunidades de la vida, etc., etc. Y, a la vez, se trata de mirar más allá del desastre e imaginar el mundo nuevo. “Todo ser humano es eterno en cada uno de los segundos de su existencia” (W. Benjamin). La playa, tras este tsunami, será otra playa; tendremos, tendréis que limpiarla de escombros;  es seguro que el mar seguirá depositando de nuevo sus olas en la orilla… pero ya no será el mismo mar: La mer, la mer, toujours recomencée… (Paul Valéry)

LECTURAS:

Michel SERRES, Petite Poucette, editions Le Pommier, 2012.

Tony JUDT, Algo va mal, Taurus, 2010

Walter BENJAMIN, París, capital del siglo XIX.

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