Seamos realistas, construyamos algo distinto.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Erase una vez dos visionarios: Marx y Schumpeter. Ambos tenían en común su ascendencia germánica,  el uso de la historia como instrumento de análisis y, sobre todo, su convencimiento de que el capitalismo no tenía futuro, que sucumbiría, y sucumbiría no de inanición sino de éxito. Marx creyó, allá por finales del siglo XIX, ver cumplida su predicción cuando la brillante trayectoria del capitalismo liberal capitaneado por Gran Bretaña entró en la crisis llamada entonces la Gran Depresión que no fue otra cosa que una reducción drástica de la tasa de ganancia.  Schumpeter, cincuenta años más tarde, en vista de lo ocurrido desde la muerte de Marx, aceptó la capacidad de transmutación del capitalismo, de renacer de las cenizas de sus “crisis sistémicas” para reconstruirse bajo fórmulas distintas, aunque el punto final siguiera siendo el mismo: llegaría un momento en que el capitalismo moriría de hartazgo.

Uno y otro predecían que la crisis del capitalismo en cualquiera de sus fases produciría dolor entre la población; Marx hablaba y veía en su época la miseria de sus coetáneos; Schumpeter hizo ver que las crisis conllevaban daño y dolor -un término muy usado actualmente por Krugman-,  porque la solución de un capitalismo en decadencia antes de alumbrar otro nuevo requería destrucción de los viejos activos que sobraban, de las viejas culturas, de empleos y condiciones de vida; una destrucción de efectos más rápidos y rotundos, pensaron los más cínicos, si se usaban métodos expeditivos, como la declaración de guerras mundiales y locales, o como la promoción de burbujas financieras e inmobiliarias para calcinar el capital de incautos ambiciosos. Detrás de cada crisis, se esperaba que un nuevo capitalismo sobrevendría  abanderado por una pléyade de emprendedores inteligentes que traerían bajo el brazo innovaciones tecnológicas, nuevos productos, mercados y procedimientos de organización del trabajo.  Así, el capitalismo se ha “revolucionado” a sí mismo en varias ocasiones desde que existe como sistema de acumulación y distribución de las riquezas.

Por ejemplo, el muy conservador lord Keynes inventó en los años treinta un procedimiento para que el capitalismo creciera sin daños colaterales; su fórmula no es resumible aquí pero venía a decir algo así como que la tasa de ganancia del capital privado y el bienestar social eran perfectamente compatibles a poco que los Estados se ocuparan de la regulación económica, promovieran el pleno empleo e hicieran que los ricos aportaran una parte de sus suculentas ganancias al bien común en forma de impuestos. No se trataba de apropiarse del capital como estaba ocurriendo en la URSS sino de distribuir mejor el producto generado. Aquel capitalismo fue aplaudido por doquier; empresarios, trabajadores y partidos socialdemócratas que confundieron socialismo con keynesianismo, y tomaron el Estado del Bienestar como el fin  último a conseguir y a defender.

También el capitalismo de corte keynesiano adolecía del mismo mal que todos los capitalismos: el exceso de ganancias. El exceso de capital acumulado entre los años cincuenta y sesenta del siglo XX se transformó en inflación en los setenta y en inversiones en países entonces llamados el tercer mundo y que hoy o muy pronto serán el primer mundo porque se han convertido en la nueva fábrica del planeta. Una vez más, la crisis de un modelo de capitalismo supuso un daño de millones de trabajadores despedidos y precarios por mor de las reconversiones y deslocalizaciones del capital.

Hubo que encontrar nuevas formas de hacer negocio. Desde los ochenta, el nuevo sistema capitalista se desembaraza de sus caretas amables e impone su filosofía darwinista: el que tiene el capital, financiero por supuesto, sobrevive y el resto, sucumbe. El nuevo capitalismo se desenvuelve principalmente fuera de la economía real -Estados Unidos y Japón pierden la preeminencia industrial que han tenido a lo largo del siglo XX; Alemania se resiste dictando normas de obligado cumplimiento para el conjunto de Europa-; ahora los emprendedores shumpeterianos jugarán con las finanzas como en un casino con productos cada vez más sofisticados e intangibles, atrayendo a los mercados a incautos que serán desplumados por burbujas cuyos estallidos aquellos mismos provocan cuando estiman que ya son óptimos los niveles de beneficio.  Así surgieron y estallaron desde los años ochenta las burbujas de la financiación de los países emergentes, las punto.com, las sub-primes,  las hipotecas basuras, el mercado de futuros, o la burbuja inmobiliaria.

Como en el casino, la banca quiebra a mediados de 2007, pero como había sucedido con anterioridad las consecuencias afectan muy negativamente a la inmensa mayor parte de la población. Nadie pide responsabilidades a los causantes del problema, quizás por la inocente convicción de que no puede haber otro sistema bancario y financiero que no sean la banca y las empresas privadas. La crisis abre dos frentes a los Estados: tienen que optar entre destinar los ingresos a salvar una banca especulativa extremadamente endeudada o salvar a la población  de los terribles efectos de la crisis sistémica. Dado el elevado nivel de financiarización del capitalismo en España y el poder que la banca ha tenido y tiene sobre los gobiernos españoles, la elección estaba hecha: hay que transferir rentas desde la población al sistema financiero con el pretexto, dicen los voceros neoliberales, de que la banca llene de nuevo las arcas y conceda los créditos que hacen falta a la actividad económica. La transferencia de rentas será directa, vía impuestos, e indirecta, vía gasto público y vía emisión de la deuda pública necesaria para erradicar un déficit satanizado o para situarlo en un nivel sostenible; es decir, sin peligro de impagos.

Como decía Franco, no hay mal que por bien no venga, y los neo-franquistas están dispuestos a ofrecer una salida al capital español, mejor dicho, a los grupos de presión bancarios y religiosos que forman su cúpula, en unos momentos en los que no venden una escoba. En el interior, el negocio futuro, ese que van a financiar la banca cuando llene sus arcas ahora supuestamente vacías, está en la supresión del Estado del Bienestar y en la privatización de los servicios públicos. En el exterior hay que cifrar la competitividad a nivel global y la nueva reforma laboral va a conseguir que salarios y condiciones de trabajo se parezcan a los de Pekin. Como es previsible que haya resistencias al nuevo modelo, las libertades y la democracia serán  cuestionadas; de hecho, a los gobernantes actuales ni siquiera les importa mantenerse largo tiempo en el poder; la actual clase política está formada por negociantes sin patria ni conciencia cívica;  por eso, las reformas cuanto antes y profundas, hasta alcanzar el punto de no retorno.

Mientras tanto, la clase política de izquierdas sigue con la cantinela keynesiana de mejorar la distribución del producto social; pone el acento en una más justa distribución del gasto público con la esperanza sincera de corregir la deriva darwinista a la que nos encauzamos, pero también para obtener réditos políticos de los indignados por los recortes.  Me parece que ha llegado la hora, si no era ya antes, de cambiar el punto de mira del discurso de la izquierda; continuar si se quiere con  la ensoñación keynesiana o socialdemócrata de que el capitalismo es reformable para no perder lo que ya se tiene, pero acompañar ese discurso con un análisis más preciso del problema, y el problema no es otro que el capital privado. Como he tratado de ilustrar en estas líneas, el capitalismo se “revoluciona” a sí mismo para conseguir su continuidad; hagamos lo mismo; es hora de “revolucionar” los mensajes de la izquierda en el sentido de que, muerto Keynes, ya no nos basta con las migajas que quiera arrojar el capital desde el mantel, queremos el capital mismo. Lejos y desacreditadas las viejas fórmulas estatistas, la opción pasa por empoderar a los millones de indignados con el actual sistema hasta conseguir la propiedad colectiva del capital; es más, no hay que esperar si quiera a la lucha final, un modelo económico social, económico y cultural más justo, eficiente y libre se puede ir construyendo desde ya, con ideas y acciones concretas, día tras día.